Un testamento vital es, en términos generales, un instrumento que busca que la voluntad del paciente —cuando aún tiene capacidad para decidir— pueda ser conocida y respetada en el tiempo. En algunos contextos sanitarios y legislativos, estas directrices se han incluido dentro de políticas de «final de vida» y, por ello, la Iglesia ha señalado que requieren clarificación ética, especialmente cuando existen marcos legales caracterizados por una creciente permisividad respecto a prácticas como la eutanasia o el suicidio asistido y también respecto a directrices avanzadas para el tratamiento en la fase terminal.5
Conviene distinguir tres ideas que suelen confundirse:
Autorización de la muerte: como intención o como medio; es incompatible con la moral cristiana.
Limitación de tratamientos desproporcionados: como renuncia a una «obstinación» terapéutica; puede ser lícita.
Cuidados ordinarios y paliativos: como deber de caridad y atención al enfermo, incluso cuando la muerte es inminente.1,2,3
