Las apariciones a San Juan Diego
La historia de la tilma está inextricablemente ligada a las apariciones de la Virgen de Guadalupe a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, un indígena chichimeca convertido al cristianismo. El 9 de diciembre de 1531, mientras Juan Diego se dirigía a catequesis en Tlaltelolco, la Virgen se le apareció en el Tepeyac, presentándose como «la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios». Le pidió que transmitiera al obispo fray Juan de Zumárraga la solicitud de construir un templo en ese lugar.4
Juan Diego obedeció, pero el obispo requirió una señal. El 12 de diciembre, tras curar milagrosamente al tío de Juan Diego, Bernardino, la Virgen lo envió a la cima árida del cerro a recoger flores en pleno invierno. Allí encontró rosas castellanas frescas, imposibles en esa estación y suelo. Las colocó en su tilma, un manto rústico usado por los indígenas para cubrirse, y las llevó ante el obispo. Al abrirla, las flores cayeron y en el tejido apareció la imagen de la Virgen, con rasgos mestizos y símbolos indígenas, convenciendo al prelado.2,3,4
Desde entonces, la tilma fue colocada en la ermita inicial y luego en la basílica actual, donde ha permanecido expuesta casi ininterrumpidamente.
Traslados y conservación inicial
Tras el milagro, la tilma fue venerada inmediatamente. Historiadores como Bernal Díaz del Castillo mencionan en 1568 los «milagros diarios» en Guadalupe. Virreyes como Enríquez la visitaban en peregrinaciones inaugurales. Procesos eclesiásticos en 1663, 1666, 1723 y 1750 la autenticaron para Roma, consolidando su devoción.3
El clero secular y regular, especialmente obispos, la fomentó, llegando a exigir profesión de fe en el milagro. La tilma resistió incendios, como el de 1626, saliendo indemne mientras el lienzo superior ardía.3
