«Temer al Señor» como respuesta central de Israel
En el libro del Deuteronomio, Dios instruye a Israel sobre lo que exige: «solo temer al Señor, tu Dios, caminar en todos sus caminos, amarle, y servir al Señor, tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma». La formulación es especialmente significativa: el «temor» no aparece como alternativa al amor, sino como su acompañamiento.
La soberanía divina: temor que nace del reconocimiento
En el libro de Jeremías, la Escritura contrapone ídolos impotentes —incapaces de «hacer mal» o «hacer bien”— con el Dios vivo, cuya grandeza provoca una reacción coherente: “¿Quién no te temerá, rey de las naciones?” El temor se presenta como respuesta debida a la realidad del Dios verdadero.
Reverencia y temblor ante la santidad de Dios
El Salmo 99 describe al Señor como Rey entronizado y santo, invitando a que los pueblos tiemblen y a que se le adore: «El Señor es rey; que tiemblen los pueblos… Exaltad al Señor nuestro Dios y postraos ante su estrado… ¡Santo es Él!». Aquí el lenguaje corporal («temblar», «postrarse») expresa una adoración que nace del reconocimiento del misterio divino.
El temor y su relación con la esperanza
En Sabiduría, se describe la conexión entre miedo, falta de ayudas racionales y derrumbamiento interior: «el temor no es otra cosa que abandonar las ayudas que vienen de la razón; y la esperanza, derrotada… prefiere ignorar… lo que causa el tormento». Esta perspectiva ayuda a comprender que no todo temor es provechoso: hay temores que destruyen y otros que encaminan.
Un punto clave del Nuevo Testamento: el verdadero temor
En la tradición patrística se recuerda la enseñanza evangélica: no temer a los que solo pueden matar el cuerpo, sino temer a quien puede perder alma y cuerpo en la gehenna (según el eco patrístico de Mateo 10,28). Esta distinción coloca el foco en lo que realmente está en juego: el bien o la pérdida del ser ante Dios.,