El contexto de la teología agustiniana
San Agustín convirtió el Totus Christus en uno de los ejes de su eclesiología. Su pensamiento contempla a Cristo en una doble dimensión inseparable: el Señor resucitado y glorificado, y la comunidad unida a él como su Cuerpo. Por eso, cuando la Escritura habla, Agustín puede reconocer la voz de Cristo Cabeza y la voz de la Iglesia Cuerpo actuando conjuntamente.
Esta interpretación posee también una dimensión hermenéutica. Para Agustín, determinados pasajes bíblicos pueden expresar a la vez las palabras de Cristo y las de la Iglesia. El lector debe distinguir cuándo habla la Cabeza, cuándo hablan los miembros y cuándo la Escritura presenta a ambos como una sola persona mística.
«Nos hemos convertido en Cristo»
Una de las fórmulas más conocidas de san Agustín afirma que los cristianos no sólo han llegado a ser cristianos, sino que, por la gracia, han llegado a ser Cristo. La frase no proclama una divinización por naturaleza ni una transformación de los creyentes en la persona histórica de Jesús. Expresa la participación en Cristo que nace de la unión con él: si Cristo es la Cabeza, los bautizados son sus miembros; juntos forman el Cristo entero.,
Esta participación conserva la diferencia entre Cristo y los fieles. Cristo es el único mediador y redentor; los cristianos reciben de él la vida y colaboran, como miembros, en la misión de su Cuerpo. La dignidad de los miembros procede precisamente de su dependencia de la Cabeza.
Cristo y la Iglesia como una persona mística
La tradición teológica habla de una persona mística para describir la unidad entre Cristo y la Iglesia. La expresión no afirma que Cristo y los cristianos formen una persona humana individual ni que desaparezcan las diferencias entre ellos. Designa una unidad sobrenatural y corporativa fundada en la gracia, en la fe, en los sacramentos y en la acción del Espíritu Santo.,
San Agustín relaciona esta unidad con la unión entre el esposo y la esposa. La Iglesia pertenece a Cristo como su Cuerpo y su Esposa; Cristo permanece como Cabeza, mientras que la Iglesia recibe de él su vida y su fecundidad espiritual.,