La Tradición apostólica designa el modo en que el contenido del Evangelio —la enseñanza y el ejemplo de Cristo, y lo aprendido bajo la acción del Espíritu Santo— es entregado y mantenido en la Iglesia a través del tiempo. El Catecismo presenta este núcleo a partir de la misión confiada por el Señor a los Apóstoles: Cristo manda predicar el Evangelio, prometido por los Profetas y realizado por Él, como fuente de verdad salvífica y de disciplina moral. Esa predicación incluye la comunicación de los dones de Dios a todos los hombres.1
En la práctica, la Tradición apostólica es una transmisión viva: no se reduce a información conservada, sino que implica una presencia activa del mensaje en la fe, la vida y la oración de la Iglesia. El Catecismo describe esta Tradición como una transmisión que, aunque se distingue de la Sagrada Escritura, está estrechamente conectada con ella, y por la que la Iglesia perpetúa y transmite «a cada generación todo aquello que ella misma es, todo lo que cree».1
