Ofrecer flores a María es un acto simbólico de honor, amor filial y acción de gracias. El creyente presenta una realidad hermosa y frágil -la flor- como signo de su deseo de honrar a la mujer que la fe católica reconoce como Madre de Dios y madre de los creyentes en el orden de la gracia. La piedad mariana nace de la relación inseparable entre Jesús y su Madre: quienes veneran a Cristo reconocen también el papel singular de María en la historia de la salvación.1
La flor no constituye un objeto de culto autónomo. La adoración corresponde únicamente a Dios, mientras que María recibe una veneración especial por su dignidad y por su cooperación maternal con la obra de Cristo. El ramo, la corona floral o la flor depositada ante una imagen expresan exteriormente esa veneración, pero no sustituyen la oración ni los sacramentos.
La ofrenda puede realizarse de forma individual o comunitaria. Una persona puede colocar una flor ante una imagen de la Virgen; una familia puede adornar un pequeño altar doméstico; una parroquia puede organizar una procesión, un acto mariano o una coronación simbólica. En todos los casos, la acción adquiere su sentido pleno cuando ayuda a vivir con mayor fidelidad el Evangelio.




