La raíz de esta tradición se encuentra en el Evangelio según san Mateo, que narra la llegada de los Magi o sabios de Oriente a Belén guiados por una estrella. Estos personajes, tradicionalmente identificados como tres Reyes Magos —Melchor, Gaspar y Baltasar—, entran en la casa donde encuentran al Niño Jesús con María su madre y le ofrecen regalos simbólicos: oro para el Rey, incienso para Dios y mirra para el hombre que sufriría.3,4,5
Este episodio no solo revela la divinidad de Cristo a los no judíos, sino que establece un modelo de adoración y ofrenda. Los Padres de la Iglesia, como san Gregorio Magno y santo Tomás de Aquino en la Catena Aurea, interpretan estos dones como profecía de la realeza, divinidad y pasión de Jesús. La Epifanía, que significa «manifestación», celebra esta llegada como el comienzo de la universalidad de la salvación.3,5
En la liturgia católica, el antífona del Magníficat de II Vísperas de Epifanía resume: «Hoy celebramos la fiesta santa adornada con tres milagros: hoy una estrella condujo a los Magos al pesebre; hoy el agua se convirtió en vino en las bodas; hoy Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán para salvamos». Así, los regalos de los Magos inspiran desde antiguo la costumbre de intercambiar dones en esta solemnidad.3
