Erradicación de sociedades secretas
La carta ordena que, una vez abolida la corrupción, se erradiquen «sociedades secretas» de hombres facciosos dedicados a procurar la caída de la Iglesia, la destrucción de los reinos y el desorden del mundo. Además, subraya que estos grupos, al ocultar sus sociedades, habrían despertado sospechas sobre su intención maligna, y luego habrían atacado tanto el orden sagrado como el civil.
Como parte del razonamiento de continuidad, el papa menciona que los pontífices anteriores condenaron repetidamente este tipo de sociedades con anatema y que se confirmaba el mandato de observar esas condenas con diligencia para que Iglesia y Estado no sufran daño por maquinaciones de esas sectas.
Protección de la juventud en centros educativos
El documento describe también otra clase de «sociedad secreta» organizada para corromper a los jóvenes: se afirma que, mediante la contratación de «maestros» para gimnasios y liceos, se conduciría a los estudiantes por «los caminos de Baal» enseñándoles doctrinas no cristianas.
El texto atribuye a ese proceso formativo efectos sobre la mente y la moral de los alumnos: se perdería el temor de la religión, se abandonarían la disciplina de las costumbres y se pondría en disputa la santidad de la doctrina; incluso se afirma que se pisotearían derechos de las potestades sagradas y civiles.
La carta llama a expulsar esos males de las diócesis y a asignar no solo hombres doctos, sino también buenos, para formar la juventud.
Vigilancia de los seminarios y formación de los clérigos
Otra disposición central es la exigencia de vigilar más diligentemente los seminarios. El papa atribuye a los padres del Concilio de Trento la responsabilidad episcopal sobre su administración y afirma que, de allí, deben salir hombres bien instruidos «tanto en disciplina cristiana y eclesiástica» como en los principios de una doctrina sana.
El texto subraya que quienes salgan de esos seminarios deben distinguirse por su piedad y su enseñanza, y que su ministerio debe ser testimonio incluso ante quienes están fuera de la Iglesia. También insiste en la necesidad de poder refutar a quienes se han apartado del camino de la justicia, conectando directamente formación doctrinal y eficacia pastoral.
En el mismo punto, se advierte que nada contribuye más a la ruina de las almas que clérigos impíos, débiles o no instruidos. La selección de los seminaristas aparece, por tanto, como un acto de gran responsabilidad.
Combate de libros heréticos
La carta menciona que los herejes «diseminaron libros pestilenciales» por todas partes, como un cáncer, expandiendo así las enseñanzas impías. El papa exhorta a no escatimar esfuerzo para contrarrestar ese «alimento» espiritual dañino y propone una lectura basada en la autoridad apostólica, citando la advertencia de Pío VII: deben considerarse solo como alimento saludable aquellas cosas que envía la voz y autoridad de Pedro, y deben evitarse con prontitud aquellas que lo aparten de la comunión y resulten pestíferas.
Esta parte refuerza la idea de que la protección doctrinal no es solo negativa (prohibir), sino también positiva: alimentar al pueblo con lo que la Iglesia ha reconocido y transmitido.