En una iglesia de planta longitudinal, la nave conduce hacia el presbiterio, el coro y el ábside. El transepto introduce un eje perpendicular a ese recorrido: atraviesa la nave cerca de su extremo oriental y puede prolongarse a ambos lados de ella. Cuando sus brazos sobresalen de los muros laterales de la nave, la planta adquiere una forma de cruz claramente visible desde el exterior. En otros edificios, el transepto no rebasa esos muros y su presencia se aprecia sobre todo en el interior.1,2
Conviene distinguir el transepto del crucero. El primero comprende el espacio transversal y, cuando existen, sus brazos norte y sur; el crucero es el tramo central en el que se cruzan la nave y el transepto. En muchas iglesias, una torre o una cúpula se alza sobre ese punto, que articula las distintas partes del edificio y marca la transición entre el espacio destinado a los fieles y las zonas próximas al altar.3,2
Los brazos del transepto suelen terminar en línea recta, aunque algunos edificios presentan remates semicirculares o con varias conchas absidales. También pueden dividirse en naves laterales: en iglesias de grandes dimensiones, los brazos llegan a tener tres naves. En ocasiones, pequeñas capillas o ábsides se abren desde los lados del transepto, especialmente hacia el coro.1,4


