El transhumanismo y el posthumanismo (en sentido amplio) no constituyen una sola doctrina perfectamente unificada, sino corrientes diversas que comparten un presupuesto central: la función decisiva de la tecnología y la aspiración a trascender los límites de la condición humana. En una formulación sintética, la idea puede compararse con un «archipiélago» de concepciones distintas, conectadas por un «mar» común de supuestos.1
En general, el transhumanismo imagina la mejora de los seres humanos mediante tecnologías como biomedicina, ingeniería corporal, dispositivos y algoritmos, buscando aumentar el rendimiento y las capacidades. El posthumanismo, especialmente en sus formas más radicales, va más allá: cuestiona el antropocentrismo y puede imaginar una hibridación entre el ser humano, las máquinas y el entorno, incluso anticipando un «umbral» en el que la humanidad «se supera» a sí misma en una nueva etapa evolutiva.1
Aun cuando muchas propuestas sigan siendo especulativas, pueden adquirir relevancia real por su efecto en la imaginación colectiva, influyendo así en decisiones sociales, económicas y políticas.1
