La formulación medieval más habitual incluye:
- Ens: ente o ser.
- Res: cosa.
- Unum: uno.
- Aliquid: algo.
- Verum: verdadero.
- Bonum: bueno.
Algunos autores consideran ens el fundamento de los demás y presentan res y aliquid como nociones trascendentales derivadas. La tríada más conocida en la tradición cristiana es unidad, verdad y bondad: unum, verum et bonum.
El ente: ens
El ens es aquello que tiene ser. La metafísica estudia el ente no únicamente bajo una categoría particular, sino en cuanto ente, atendiendo a las condiciones comunes de todo lo real.
Conviene distinguir entre:
- Ente, aquello que existe o puede considerarse como dotado de ser.
- Esencia, aquello por lo que una realidad es lo que es.
- Acto de ser, la actualidad por la que una esencia existe.
En las criaturas, la esencia y el acto de ser no se identifican plenamente: una cosa puede ser comprendida según su naturaleza sin que esa comprensión implique que exista efectivamente. En Dios, por el contrario, la tradición tomista sostiene que esencia y ser se identifican: Dios no recibe el ser, sino que es el Ser subsistente.
La doctrina de los trascendentales comienza en la ontología general, es decir, en el estudio filosófico del ser común a todas las cosas. Solo después puede aplicarse de modo eminente a Dios.
La cosa: res
Res significa «cosa» y expresa el ente bajo la razón de su esencia o quididad. Una cosa es aquello que posee una determinada naturaleza: humanidad, animalidad, corporeidad, racionalidad o cualquier otra esencia.
Santo Tomás recoge la distinción entre ens y res: el término ente toma su significado del acto de ser, mientras que cosa expresa la esencia o quididad de aquello que es.
La noción de res permite comprender que el ser nunca aparece ante la inteligencia como una pura indeterminación. Todo ente real posee una esencia determinada, aunque la esencia no agote la perfección de su acto de existir.
La unidad: unum
Todo ente es uno porque posee una cierta indivisión. La unidad trascendental no significa necesariamente simplicidad absoluta ni ausencia de partes. Un árbol, una persona o una sociedad pueden tener partes y, sin embargo, constituir una unidad real.
La unidad consiste en que un ente es él mismo y no una mera dispersión de elementos. La división destruye o modifica la unidad de una realidad, pero solo puede dividirse aquello que previamente posee alguna unidad.
Santo Tomás define la unidad como «ente indiviso»: el uno no añade una realidad separada al ente, sino la razón de no estar dividido en sí mismo.
La unidad admite grados:
- Una unidad accidental, como la de un montón de piedras.
- Una unidad sustancial, como la de un animal o una persona.
- Una unidad espiritual, propia de las operaciones intelectuales y volitivas.
- La unidad simplicísima y plena de Dios.
La unidad trascendental no elimina la multiplicidad. La multiplicidad presupone entes dotados de unidad y exige que cada ente posea cierta identidad propia.
Algo: aliquid
Aliquid significa literalmente «algo» o «otro algo». Expresa la distinción de un ente respecto de los demás. Mientras unum considera al ente en su indivisión interna, aliquid lo considera en su diferenciación externa.
Una realidad es «algo» porque no se confunde con todas las demás. La identidad y la diferencia aparecen así vinculadas: cada ente posee una determinación propia y, por ella, puede distinguirse de otros.
Esta noción no equivale a la alteridad absoluta ni a la oposición. Dos entes pueden ser distintos sin encontrarse enfrentados. La distinción permite la pluralidad, la relación, la comunidad y el conocimiento.
La verdad: verum
La verdad trascendental expresa la inteligibilidad del ente y su ordenación al intelecto. Todo ente, por el hecho de ser, puede ser conocido al menos en alguna medida. La verdad no depende exclusivamente de una afirmación verbal ni nace primero en el juicio humano: tiene su fundamento en la realidad.
Santo Tomás explica que la verdad añade al ser una relación con el intelecto, del mismo modo que la bondad añade una relación con el apetito. Cuanto más tiene una cosa de ser, tanto más posee capacidad de ser conocida.
La verdad posee dos dimensiones:
- Verdad ontológica, propia de las cosas en cuanto inteligibles.
- Verdad lógica, propia del entendimiento cuando conoce y juzga adecuadamente.
La verdad ontológica no significa que toda persona conozca correctamente cada realidad. Significa que la cosa posee una estructura que puede corresponder al entendimiento. La verdad lógica aparece cuando el intelecto afirma de lo que es que es, y de lo que no es que no es.
En las criaturas, la verdad se funda en su ser y en su esencia. En la teología cristiana, además, toda verdad creada remite al entendimiento divino, causa ejemplar de las criaturas. Esta referencia teológica no sustituye el análisis ontológico, sino que lo prolonga.
El bien: bonum
El bien trascendental expresa la perfección del ente en cuanto puede ser amado, deseado o apetecido. Algo es bueno porque posee una perfección que corresponde a alguna inclinación o deseo.
Santo Tomás define el bien por su relación con el apetito: así como todo ente es cognoscible, todo ente posee alguna perfección capaz de atraer o perfeccionar una tendencia.
La bondad trascendental no equivale directamente a la bondad moral. Todo ente es bueno en cuanto posee alguna perfección, aunque no toda acción de una criatura racional sea moralmente buena.
Conviene distinguir:
- Bondad ontológica, presente en todo ente por su perfección propia.
- Bondad útil, relativa a aquello que sirve para alcanzar un fin.
- Bondad deleitable, vinculada al gozo.
- Bondad moral, propia de los actos libres ordenados al verdadero fin de la persona.
Una enfermedad, por ejemplo, conserva bondad ontológica en cuanto realidad existente, pero puede constituir un mal físico para el organismo. El mal no posee ser propio como una sustancia independiente; consiste en una privación de un bien debido. Por eso la existencia de un mal particular no elimina la bondad trascendental del ente que lo padece.