Orígenes clásicos
El término trascendental proviene del latín transcendentia y fue adoptado por los filósofos escolásticos para designar aquellas propiedades que trascienden las categorías aristotélicas y se aplican a todo ser. La Enciclopedia Católica describe los trascendentales como «propiedades universales de todo lo que es, buenas, verdaderas, una y hermosas»1.
La formulación tomista
En la tradición tomista, los trascendentales están estrechamente vinculados al primer juicio fundamental: «Dios es la fuente de todo ser». Este juicio fundamenta la posibilidad de que el intelecto humano conozca la verdad y la bondad de las cosas, pues la existencia y la bondad son convertibles con el ser mismo2. Santo Tomás afirma que «todo ser es bueno» y que la verdad es la conformidad del ente con el idea divina3,4.
La tradición franciscana
Los primeros franciscanos, bajo la influencia de Alejandro de Hales y Bonaventura, formulan el triángulo trascendental de unidad, verdad y bondad como reflejo de la causalidad trinitaria (causa eficiente, formal y final). En su obra se sostiene que «estos tres atributos son intrínsecamente característicos del ser creado y del propio Dios»5. Bonaventura los relaciona directamente con la Trinidad, indicando que «sobre la unidad reposa la verdad y, sobre ambas, la bondad»6.
La inclusión de la belleza
Aunque la lista clásica incluye tres trascendentales, varios autores medievales y contemporáneos consideran la belleza como un cuarto. La Enciclopedia Católica la menciona como «una de las propiedades que, en sentido metafísico, completan la luz de los trascendentales»1. En la tradición franciscana, la belleza se entiende como la armonía que interpenetra los otros tres, aunque no se la enumera como trascendental autónomo7.
