La Santa Casa se encuentra dentro de la basílica de Loreto, localidad de la región italiana de las Marcas, próxima a Ancona y al mar Adriático. El edificio que la contiene se construyó y decoró a lo largo de más de un siglo; en su interior, el santuario conserva una pequeña construcción venerada como la casa de Nazaret. Una inscripción latina vinculada al santuario resume su significado cristiano con las palabras Hic Verbum caro factum est («Aquí el Verbo se hizo carne»).1
La devoción la relaciona con la casa en la que María recibió el anuncio del ángel y en la que vivió la Sagrada Familia. La tradición local también la vinculó con el nacimiento de María. Sin embargo, la casa de Nazaret no fue el lugar del nacimiento de Jesús: Juan Pablo II recordó que Jesús nació en Belén y que, después de la huida a Egipto, José llevó a María y al Niño a Nazaret, donde la casa pasó a ser el hogar de la familia.1,2
Para la espiritualidad cristiana, la importancia de la casa no reside solo en la antigüedad del edificio o en su condición de lugar de peregrinación. Su vínculo principal es con la Encarnación: el Hijo de Dios asumió la naturaleza humana por obra del Espíritu Santo, con la respuesta libre de María al anuncio del ángel. Benedicto XVI presentó el santuario como memoria tangible de ese acontecimiento, mientras Juan Pablo II describió Nazaret como el lugar de la vida cotidiana y escondida de Jesús junto a María y José.3,4


