Donación como acto noble de solidaridad
La enseñanza católica afirma que la donación de órganos después de la muerte es un acto noble y meritorio, que debe fomentarse como expresión de solidaridad generosa.
Además, se recuerda que la práctica debe estar gobernada por el respeto real a la persona donante: el órgano donado no debe entenderse como mercancía, y el gesto debe mantener el carácter de don y no de transacción.,
Consentimiento explícito y libre
Un requisito central es el consentimiento. La Iglesia enseña que no es moralmente aceptable que se extraigan órganos si el donante (o quienes legítimamente puedan hablar en su nombre) no han dado su consentimiento explícito.,
Benedicto XVI conectó este punto con la necesidad de que el donante esté debidamente informado de los procesos implicados para poder consentir o rechazar libremente.
«Ex cadavere»: extracción solo tras una muerte verdadera
El magisterio católico también insiste en un principio operativo y ético: los órganos vitales que se dan de forma única deben extraerse únicamente después de la muerte, es decir, desde el cuerpo de alguien cuya muerte sea cierta.,
Se advierte que actuar de otro modo significaría, intencionalmente o no, provocar la muerte del donante al disponer de sus órganos, lo cual es moralmente inaceptable.,
Certeza en la determinación de la muerte y principio de precaución
El debate contemporáneo sobre el momento de la muerte exige que la determinación sea segura y no arbitraria. En este marco, se aconseja buscar resultados que cuenten con la aceptación de la comunidad científica para que no exista la sospecha de arbitrariedad, y, cuando no se alcance certeza, debe prevalecer el principio de precaución.
De forma coherente, se subraya que el criterio principal de respeto es que la extracción se realice solo en caso de muerte real del donante.