El corazón en la tradición bíblica
En el lenguaje bíblico, el corazón representa el centro de la persona: su interioridad, su voluntad, su memoria, su inteligencia y su capacidad de amar. La devoción al Inmaculado Corazón de María contempla, bajo el símbolo del corazón, la santidad singular de la Madre de Dios, su amor a Dios y a Jesucristo, y su compasión maternal por todos los redimidos.1
El Evangelio según san Lucas presenta el corazón de María como lugar de acogida, meditación y fidelidad ante los acontecimientos de la vida de Cristo. Aunque la devoción recibió su forma histórica mucho más tarde, la Sagrada Escritura ya ofrece el fundamento de una contemplación de la interioridad de la Virgen.1
El Inmaculado Corazón no constituye una realidad separada del Corazón de Cristo. La Iglesia celebra litúrgicamente ambas devociones en estrecha relación: después de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús llega la memoria del Inmaculado Corazón de María. Esta proximidad manifiesta la unión de la Madre con la misión salvadora de su Hijo, desde la Encarnación hasta la muerte, la Resurrección y el don del Espíritu Santo.2
María, asociada a la obra redentora de Cristo
La Iglesia enseña que María recibió una misión singular dentro de la historia de la salvación, siempre subordinada a la única mediación de Jesucristo. Su fiat, es decir, su respuesta de fe y obediencia en la Anunciación, abrió el camino humano a la Encarnación del Verbo. Juan Pablo II relacionó ese consentimiento con el comienzo de la reconciliación entre Dios y la humanidad.3
La maternidad espiritual de María aparece especialmente en el Calvario. Las palabras de Jesús -«Mujer, ahí tienes a tu hijo» y «Ahí tienes a tu madre»- manifiestan la entrega de María como madre de los discípulos. Juan Pablo II interpretó este momento como la apertura del corazón de la Virgen a todos los redimidos.4
Desde esta perspectiva, el triunfo del Inmaculado Corazón no significa la sustitución de Cristo por María. El triunfo pertenece, en último término, a Dios y a su gracia. El corazón de María triunfa porque permanece enteramente abierto a Dios y porque conduce a los creyentes hacia Jesucristo, su Hijo y Salvador.5,6




