La palabra tropología designa, en esta tradición, una «conversión» del relato hacia la vida del lector. Un hecho narrado acerca de otra persona o de la acción de Dios puede ofrecer una enseñanza sobre lo que conviene hacer. Hugo de San Víctor resumía este movimiento como el reconocimiento de lo que corresponde hacer a partir de aquello que se ha oído contar.1
El propósito de esta lectura no consiste solo en obtener conocimientos, sino en formar las costumbres, educar las virtudes y orientar la conducta cristiana. La enseñanza moral no se reduce a extraer del relato una orden aislada: puede mostrar una acción digna de imitación y ayudar al lector a vivir de acuerdo con la fe.1,3
La tropología tampoco queda reducida a una moral separada de la fe. En la interpretación medieval, la vida recta nace de la comprensión de los misterios cristianos: la fe ilumina el obrar, y el obrar expresa la fe. Por eso, la lectura tropológica busca las consecuencias prácticas de lo que el creyente reconoce como verdadero.4,5

