Los primeros siglos
El subdiaconado aparece documentado en distintas Iglesias cristianas desde la Antigüedad. Las fuentes antiguas testimonian su existencia en la Iglesia africana, en España y en Oriente. El Concilio de Elvira, celebrado en Hispania hacia el año 305, menciona a los subdiáconos, mientras que otros testimonios del siglo IV acreditan su presencia en las Iglesias orientales.
Durante los primeros siglos, las funciones del subdiácono incluían la asistencia al diácono, la preparación de los vasos sagrados, la presentación del pan y del vino, la proclamación de la epístola y el cuidado de los lienzos sagrados. En Roma, los subdiáconos también podían desempeñar tareas administrativas y encargarse de bienes temporales de la Iglesia.
La forma primitiva de la vestidura no quedó fijada desde el comienzo. En Roma, la tunícula subdiaconal tuvo una presencia irregular durante el siglo VI. Una carta del papa san Gregorio Magno al obispo Juan de Siracusa testimonia que la costumbre existía, aunque el pontífice la suprimió temporalmente para restaurar un uso anterior en el que el subdiácono llevaba la planeta, es decir, la casulla, como vestidura exterior.
La recuperación medieval
Durante el siglo IX, la tunícula reapareció en Roma como vestidura exterior del subdiácono. En Hispania ya existía desde el siglo VI una túnica subdiaconal semejante a la vestidura diaconal. En el reino franco, diversos testimonios escritos e inventarios confirman su uso a comienzos del siglo IX.
Hacia el final del primer milenio, la tunícula había adquirido una presencia generalizada. Los documentos medievales la denominan vestis subdiaconalis, subdiaconale, dalmatica minor, dalmatica linea, linea, stricta, roccus o subtile, según la región y la tradición terminológica.
La consolidación de la tunícula coincidió con la progresiva configuración litúrgica del subdiaconado. A medida que el subdiácono asumía funciones estables en el altar y en la proclamación de la epístola, la Iglesia latina acentuó la identidad propia de su grado mediante vestiduras específicas.
El subdiaconado como orden mayor
Durante varios siglos, el subdiaconado fue considerado un orden menor. El papa Urbano II, a finales del siglo XI, restringía todavía los órdenes sagrados principales al presbiterado y al diaconado. A mediados del siglo XII, Hugo de San Víctor continuaba clasificando el subdiaconado entre los órdenes menores.
A finales del siglo XII comenzó a afirmarse su consideración como orden sagrado. A comienzos del siglo XIII, el papa Inocencio III reconoció autoritativamente el subdiaconado como uno de los órdenes mayores. La transformación obedeció probablemente a la estrecha relación del subdiácono con el servicio del altar, más que a la obligación del celibato, que la Iglesia latina había vinculado al subdiaconado desde siglos anteriores.
Esta evolución afectó directamente a la relevancia de la tunícula. La vestidura dejó de ser únicamente una prenda funcional y pasó a expresar de manera visible la dignidad litúrgica del subdiácono como ministro ordenado. En la teología medieval de las órdenes, cada vestidura manifestaba determinadas disposiciones y responsabilidades espirituales. Santo Tomás de Aquino vinculó la tunícula con la doctrina de Cristo y con el primer acceso del subdiácono al servicio de las cosas sagradas.
La época moderna y la reforma litúrgica
Con el paso de la Edad Media a la época moderna, la tunícula y la dalmática se aproximaron cada vez más en su forma. La reducción de la longitud, la apertura de los laterales y la ampliación de las mangas produjeron prendas visualmente semejantes. La diferencia tradicional de las mangas estrechas de la tunícula no siempre permaneció visible.
La reforma litúrgica del siglo XX modificó el lugar del subdiaconado en la Iglesia latina. El subdiaconado dejó de formar parte de los grados del sacramento del Orden en la disciplina latina posterior al Concilio Vaticano II. En consecuencia, la tunícula perdió su uso ordinario en la celebración reformada de la misa, aunque permaneció vinculada al uso litúrgico tradicional y a determinadas celebraciones en las que las normas permiten conservar formas históricas de la liturgia romana.