El episodio aparece en el primer libro de Samuel, capítulo 16. Dios ordena a Samuel que deje de llorar por Saúl, porque ha rechazado su realeza a causa de su infidelidad, y le manda acudir a Belén, a casa de Jesé: entre sus hijos Dios ha elegido al rey que debe sucederle. Para evitar que Saúl interprete la misión como una conspiración, Samuel recibe la instrucción de presentar su visita como una peregrinación sacrificial.1
Samuel llega a Belén y convoca a Jesé y a sus hijos al sacrificio. Al ver a Eliab, el primogénito, el profeta piensa que aquel hombre de elevada estatura debe ser el elegido. Dios corrige su criterio con una enseñanza fundamental:
«No mires su apariencia ni su gran estatura [...]. El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón».1
Jesé presenta sucesivamente a siete hijos, pero ninguno recibe la aprobación divina. Samuel pregunta si quedan más muchachos. Jesé responde que falta el menor, David, que está cuidando el rebaño. El padre manda llamarlo y el profeta espera hasta su llegada antes de comenzar el banquete. Cuando David entra, Dios revela a Samuel que aquel es el elegido. Samuel toma el cuerno de aceite y lo unge en presencia de sus hermanos. Inmediatamente, el espíritu del Señor desciende poderosamente sobre David desde aquel día. Después, Samuel regresa a Ramá.1
La narración presenta a David como un joven de aspecto saludable y hermoso, pero no convierte sus cualidades físicas en la causa de la elección. La iniciativa pertenece enteramente a Dios. La belleza de David forma parte de la descripción narrativa; la razón decisiva de su designación reside en el juicio divino sobre su corazón.




