La práctica de la unción tiene raíces profundas tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, donde se le atribuye un significado de consagración y empoderamiento divino1.
Antiguo Testamento
En el Antiguo Testamento, la unción con aceite era un rito significativo para la consagración de personas y objetos al servicio de Dios. Se utilizaba para designar a reyes, profetas y sacerdotes, simbolizando la elección divina y la infusión de una gracia especial para cumplir una misión sagrada1. Por ejemplo, en el libro del Éxodo, se describe la preparación del óleo de la unción santa para consagrar el Tabernáculo y a Aarón y sus hijos como sacerdotes, dotándolos de santidad para servir a Dios1. Esta práctica prefiguraba la unción espiritual que se manifestaría plenamente en Cristo y en su Iglesia.
Nuevo Testamento
En el Nuevo Testamento, la unción adquiere un significado aún más profundo, ligándose directamente a la persona de Jesucristo, el «Ungido» por excelencia, de quien proviene el título de Cristo1. Jesús fue ungido por el Espíritu Santo en su bautismo, siendo enviado a proclamar la buena nueva y a liberar a los oprimidos1. Los apóstoles, y por extensión sus sucesores, los obispos, participan de esta unción de Cristo a través del Espíritu Santo. La unción en el Nuevo Testamento simboliza la comunicación del Espíritu Santo, que capacita a los ministros para continuar la obra de Cristo en el mundo1.
