El decreto se divide en una introducción y tres capítulos, articulando los principios católicos del ecumenismo y sus aplicaciones prácticas.
Capítulo I: Principios católicos del ecumenismo
Este capítulo fundamenta el ecumenismo en la voluntad de Cristo de una sola Iglesia. Reconoce que la unidad subsiste en la Iglesia católica, pero invita a orar y trabajar por su pleno restablecimiento. Los cristianos separados, justificados por la fe y el bautismo, son miembros del Cuerpo de Cristo con una comunión imperfecta, debido a diferencias doctrinales, disciplinares o estructurales.,
Destaca elementos eclesiales fuera de los límites visibles de la Iglesia católica: la Escritura, la vida de gracia, virtudes teologales y elementos visibles. Las acciones litúrgicas de los separados pueden engendrar gracia y dar acceso a la comunidad salvífica, ya que el Espíritu usa estos medios, aunque deficientes en algunos aspectos.
La Iglesia católica es el «medio universal de salvación», pero los separados benefician parcialmente de sus dones a través del Colegio Apostólico, con Pedro como cabeza.
Capítulo II: La práctica ecuménica
Aquí se detallan medios concretos: conversión interior de los católicos, renovación doctrinal y prudencia en el diálogo. Se promueve la oración común, la colaboración en servicio social y el respeto mutuo. Los obispos y laicos deben participar según sus capacidades.,
El lex orandi (ley de la oración) es criterio esencial para el diálogo, ya que los sacramentos expresan la comunión de fe.
Capítulo III: Iglesias y comunidades eclesiales separadas
Distingue entre Iglesias de Oriente (con sucesión apostólica, sacramentos válidos y tradición patrística) y comunidades del Occidente (post-Reforma, con énfasis en la Escritura). Para ambas, urge el diálogo respetuoso de sus riquezas espirituales, sin falsas interpretaciones. El objetivo: plena unidad en la fe, culto y concordia fraterna.,