El uso como opuesto al amor encuentra sus raíces en la tradición cristiana, pero adquiere una formulación precisa en el pensamiento de Karol Wojtyła, futuro san Juan Pablo II. Antes de su pontificado, en obras como Amor y responsabilidad (1960), Wojtyła ya contrastaba el amor genuino con la reducción de la persona a un medio para fines egoístas. Esta idea se inspira en la filosofía personalista, influida por san Tomás de Aquino y el Concilio Vaticano II, que afirma la dignidad inviolable de la persona humana como imagen de Dios (Gaudium et spes, 22).1
En el contexto bíblico, el concepto evoca pasajes como el del Cantar de los Cantares, donde el amor es mutuo y esponsal, o la advertencia de san Pablo contra el escándalo y la explotación (1 Cor 13). No se trata de un odio directo, sino de una perversión sutil: tratar al prójimo como un objeto desechable, negando su valor intrínseco.1

