La usura económica se define como la adquisición de ganancias desproporcionadas en préstamos de dinero, donde el prestamista se enriquece injustamente a costa de la pobreza o necesidad del deudor. Según Tomás de Aquino, en su Summa Theologiae, la usura es un tipo de bien mal adquirido porque el dinero prestado no genera por sí mismo frutos adicionales, y exigir intereses equivale a vender lo que no existe.1 Esta práctica contraviene el mandato evangélico de amar al prójimo y el principio de justicia distributiva, que exige dar a cada uno lo suyo.
En términos modernos, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia la califica como moralmente condenable, equiparándola a un homicidio indirecto cuando lleva a la miseria de los débiles, especialmente en contextos internacionales donde los países en desarrollo sufren sistemas financieros abusivos.3 No se trata de cualquier interés, sino de aquel que ignora la dignidad humana y prioriza el lucro sobre la solidaridad.
