La usura se entiende como la exigencia de un interés excesivo o ruinoso en un préstamo, que va más allá de lo justo y aprovecha la vulnerabilidad del prestatario. No es el mero cobro de intereses, sino la extorsión injusta que roba al necesitado bajo pretexto de ayuda. Según la tradición católica, equivale a un robo, pues el préstamo de consumo (mutuum) debe ser gratuito en principio, ya que el dinero no genera frutos por naturaleza.1,2
En términos morales, la usura viola el séptimo mandamiento («No robarás»), al retener injustamente bienes ajenos mediante fraude o abuso de superioridad. El Catecismo de la Iglesia Católica la incluye entre las formas de apropiación ilícita, junto con fraudes y especulaciones perjudiciales.3 Teólogos como Santo Tomás de Aquino la clasifican como ganancia ilícita de bienes mal habidos, prohibida para limosnas si requiere restitución.4
