Sentido tradicional de la usura
La palabra usura procede del latín usus, «uso». En su sentido histórico, designaba la cantidad exigida por encima del capital entregado en un mutuo, es decir, en un préstamo de bienes consumibles. El mutuo obliga al prestatario a devolver una cantidad equivalente de la misma especie y calidad: dinero por dinero, trigo por trigo o vino por vino.
La cuestión moral no consistía solo en determinar si el prestamista obtenía una ganancia elevada o si el prestatario aceptaba libremente el contrato. El problema radicaba en saber qué se estaba vendiendo. En el préstamo de consumo, el prestatario adquiere la propiedad del dinero y puede gastarlo; por tanto, el uso ordinario del dinero coincide con su disposición o consumo económico. La teología escolástica concluyó que exigir simultáneamente la devolución íntegra del capital y un precio por el uso del mismo capital podía implicar cobrar dos veces por una única realidad.1
Santo Tomás de Aquino expresó la cuestión mediante una comparación entre los bienes cuyo uso consume la cosa y los bienes cuyo uso no la destruye. Una vivienda puede alquilarse sin transferir su propiedad, porque habitarla no equivale a consumirla. En cambio, el uso propio del dinero consiste en gastarlo para adquirir otros bienes. Por ello, en el mutuo tradicional, el uso del dinero no aparece como una realidad separable de la propiedad y disposición del propio dinero.1
Sentido contemporáneo
En el lenguaje actual, la palabra usura suele designar un interés excesivo, abusivo o impuesto aprovechando la necesidad, la ignorancia o la debilidad del deudor. Este sentido no coincide exactamente con el uso histórico del término. Durante siglos, la usura podía referirse a cualquier rendimiento pactado sobre un préstamo de dinero, incluso aunque la cantidad no resultara elevada.
La diferencia semántica tiene consecuencias doctrinales. La condena católica tradicional no se dirigía solo a los intereses exorbitantes, sino a la obtención de una ganancia por el simple préstamo cuando faltaba un título extrínseco que justificara recibir algo más que el principal. Actualmente, la Iglesia condena particularmente los préstamos depredadores, el crédito abusivo y las prácticas que esclavizan al deudor, sin identificar automáticamente todo interés con usura.2,3


