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Ut Unum Sint

Ut unum sint-«Que todos sean uno»- es una encíclica de san Juan Pablo II dedicada al ecumenismo, publicada el 25 de mayo de 1995, solemnidad de la Ascensión del Señor. El documento desarrolla la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la búsqueda de la unidad de los cristianos, presenta la unidad como una exigencia esencial de la misión de Cristo y distingue cuidadosamente las relaciones de la Iglesia católica con las Iglesias orientales y con las comunidades eclesiales nacidas de la Reforma.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreUt Unum Sint
CategoríaObra
DescripciónPreparación del Jubileo del año 2000, continuidad con el Concilio Vaticano II
ReferenciasJuan 17,21
AutorJuan Pablo II
Doctrinas RelacionadasUnitatis redintegratio
Fecha de Publicación1995-05-25
TemaEcumenismo
TipoEncíclica
Enlace oficialUt Unum Sint

Tabla de contenido

Identificación y contexto

Título y autor

El título procede de la oración de Jesucristo por sus discípulos en el Evangelio según san Juan:

«Que todos sean uno: como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21).

La encíclica fue promulgada por san Juan Pablo II, pontífice de la Iglesia católica entre 1978 y 2005. Su publicación ocurrió en el contexto de la preparación del gran jubileo del año 2000 y en continuidad directa con el impulso ecuménico del Concilio Vaticano II. El papa presentó la unidad cristiana como una responsabilidad particularmente vinculada al ministerio del obispo de Roma, sucesor del apóstol Pedro.1,2

Relación con el Concilio Vaticano II

Ut unum sint prolonga especialmente la doctrina del decreto conciliar Unitatis redintegratio, aprobado en 1964. Juan Pablo II considera que el ecumenismo no constituye una actividad marginal de la Iglesia, sino una consecuencia de la renovación conciliar y una dimensión permanente de su misión.

La encíclica recuerda que san Juan XXIII vinculó la convocatoria del Concilio con una renovación de la vida eclesial y con la apertura al diálogo con los demás cristianos. Al concluir el Concilio, san Pablo VI continuó este camino mediante el diálogo de la caridad con las Iglesias orientales, especialmente con el patriarcado ecuménico de Constantinopla. En ese contexto tuvo lugar la retirada recíproca de las excomuniones de 1054, gesto que favoreció la reconciliación de la memoria histórica.3

Finalidad de la encíclica

La encíclica pretende renovar la llamada de Cristo a la unidad y orientar la acción ecuménica de la Iglesia católica. Su propósito comprende varias dimensiones:

  • Recordar que la división entre los cristianos contradice la voluntad de Cristo.
  • Presentar el ecumenismo como un deber de todos los bautizados.
  • Impulsar la conversión interior, la oración y la santidad.
  • Explicar la naturaleza de la comunión existente entre la Iglesia católica y las demás comunidades cristianas.
  • Valorar los elementos de santificación y de verdad presentes fuera de los límites visibles de la Iglesia católica.
  • Fomentar el diálogo teológico y la cooperación práctica.
  • Promover la restauración de la plena comunión entre todos los discípulos de Cristo.

Juan Pablo II relaciona esta tarea con el testimonio de los mártires cristianos. La entrega de cristianos pertenecientes a Iglesias y comunidades que no están en plena comunión con Roma manifiesta, a su juicio, que la fidelidad al Evangelio puede superar las divisiones históricas.1

La unidad cristiana en el plan de Dios

La voluntad de Cristo

Ut unum sint enseña que la unidad de la humanidad dividida pertenece al designio de Dios. El Padre envió al Hijo para salvar al mundo y conceder a los creyentes el Espíritu Santo, que crea la comunión del amor.

La oración de Jesús antes de su Pasión constituye el fundamento teológico del ecumenismo. La unidad no nace de una simple conveniencia política, de una estrategia misionera o de un acuerdo entre instituciones. Brota de la voluntad expresa del Señor y pertenece al núcleo de su misión.

«La división contradice abiertamente la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y perjudica la causa santísima de anunciar el Evangelio a toda criatura».4

La unidad cristiana posee, por tanto, una dimensión cristológica, porque procede de Cristo; pneumatológica, porque la realiza el Espíritu Santo; y misionera, porque la división debilita la credibilidad del anuncio cristiano.

La unidad como comunión

La encíclica no concibe la unidad como una mera asociación de individuos. La Iglesia está unida mediante vínculos objetivos:

  • La profesión de una misma fe.
  • La celebración de los sacramentos.
  • La comunión jerárquica.
  • La participación en la vida del Espíritu Santo.

La comunión cristiana manifiesta la participación de los creyentes en la comunión eterna del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Por ello, creer en Cristo implica desear la unidad; desear la unidad conduce a desear la Iglesia; y desear la Iglesia significa buscar la comunión que corresponde al plan eterno del Padre.5

La responsabilidad de la Iglesia católica

La continuidad de la Iglesia en la unidad

La Iglesia católica confiesa que Dios la ha conservado en la unidad a lo largo de su historia, pese a las crisis, infidelidades, pecados y traiciones de algunos de sus miembros. La permanencia de la Iglesia no depende de la impecabilidad de sus ministros o fieles, sino de la fidelidad de Dios y de la acción del Espíritu Santo.

Esta afirmación no elimina la responsabilidad católica en las divisiones históricas. Ut unum sint recuerda que, en muchos conflictos, existieron culpas por ambas partes. La Iglesia católica no puede atribuir toda la responsabilidad de las separaciones a los demás cristianos.6

La conversión de los católicos

El ecumenismo exige una renovación permanente de todos los cristianos, también de los católicos. La conversión comprende la purificación de la memoria, el reconocimiento de los pecados contra la unidad y una adhesión más profunda al Evangelio.

Juan Pablo II vincula esta conversión con la figura de Pedro. El obispo de Roma recibió la misión de confirmar a sus hermanos, pero el mismo Cristo recordó la debilidad del apóstol y la necesidad de su conversión. Por ello, el ministerio petrino debe ejercerse con conciencia de su dependencia de la gracia de Dios y con una actitud de servicio.2

Comunión plena e imperfecta

La comunión imperfecta

La encíclica utiliza una distinción teológica fundamental: la comunión entre la Iglesia católica y los demás cristianos puede ser real, pero también imperfecta.

La expresión no significa una comunión ficticia o puramente sentimental. Existen auténticos vínculos espirituales y eclesiales allí donde aparecen elementos como:

Estos elementos de santificación y de verdad constituyen la base objetiva de una comunión verdadera, aunque incompleta, con la Iglesia católica. En la medida en que dichos elementos están presentes, la única Iglesia de Cristo actúa realmente en esas comunidades.6,7

La comunión plena

La plena comunión implica la integración completa de los vínculos que constituyen la unidad visible de la Iglesia:

  • Una misma fe apostólica.
  • La participación común en los sacramentos.
  • La comunión en el ministerio pastoral.
  • La unidad con el colegio de los obispos y con el sucesor de Pedro.

La comunión imperfecta no equivale, por tanto, a la plena unidad eclesial. Tampoco autoriza a ignorar las diferencias doctrinales. El ecumenismo católico busca la restauración de la plena comunión sin reducir la verdad revelada a un mínimo común ni confundir la unidad con la uniformidad.

La meta consiste en una unidad orgánica, fundada en la fe, los sacramentos y el ministerio pastoral.7

El ecumenismo como camino de la Iglesia

Oración y conversión

La oración ocupa el primer lugar en la acción ecuménica. La unidad es don de Dios antes que resultado del esfuerzo humano. La Iglesia pide que el Espíritu Santo cure las divisiones y conduzca a los cristianos hacia la verdad completa.

La oración ecuménica exige también la conversión personal. Orgullo, prejuicio, desconocimiento, resentimiento histórico y autosuficiencia doctrinal pueden obstaculizar la unidad. La fidelidad católica no consiste en rebajar la doctrina, sino en vivirla con humildad, caridad y espíritu de servicio.

Diálogo teológico

El diálogo teológico busca comprender con exactitud las diferencias y descubrir los elementos de fe compartidos. No consiste en ocultar los desacuerdos ni en alcanzar acuerdos meramente diplomáticos. La búsqueda de la unidad necesita amor a la Iglesia y fidelidad a la tradición apostólica.

Los diálogos bilaterales han permitido reconocer avances importantes y ofrecen una base para ulteriores estudios. La encíclica presenta la reforma continua de la vida cristiana, a la luz del Evangelio y de la Tradición apostólica, como una condición esencial del futuro del ecumenismo.3

Cooperación entre cristianos

El ecumenismo no se reduce al diálogo académico. También comprende la colaboración pastoral, cultural y social. Los cristianos pueden dar un testimonio común en defensa de la dignidad humana, la justicia, la paz, la libertad religiosa, la protección de los débiles y la promoción de la vida.

La cooperación no sustituye al diálogo doctrinal, pero favorece el conocimiento recíproco y permite afrontar juntos necesidades concretas. Las relaciones fraternas pueden aliviar dificultades históricas y crear condiciones más favorables para tratar las cuestiones teológicas pendientes.7

Las Iglesias orientales

Naturaleza de la relación

Ut unum sint distingue claramente la relación con las Iglesias ortodoxas y las antiguas Iglesias orientales de la relación con las comunidades eclesiales surgidas de la Reforma.

Las Iglesias orientales separadas de Roma poseen una estructura eclesial, una sucesión apostólica y sacramentos válidos. Conservan especialmente el sacerdocio y la Eucaristía, que las unen a la Iglesia católica mediante vínculos muy estrechos. La celebración eucarística en estas Iglesias edifica y hace crecer la Iglesia de Dios.8

Esta realidad explica que la Iglesia católica pueda hablar de una relación de Iglesias hermanas, expresión aplicada principalmente a las Iglesias particulares católicas y ortodoxas en virtud de su común herencia apostólica, episcopal, sacramental y litúrgica.

Legítima diversidad

La tradición católica reconoce la riqueza propia de las Iglesias orientales. Entre sus dones figuran:

  • Antiguas liturgias.
  • Una profunda espiritualidad.
  • La tradición monástica.
  • Disciplinas canónicas propias.
  • Formulaciones teológicas particulares.
  • Una continuidad histórica con los Padres y los primeros concilios.

La diversidad legítima no contradice la unidad. Al contrario, puede enriquecerla cuando permanece dentro de la misma fe apostólica y de la comunión eclesial. Las formulaciones teológicas orientales y occidentales pueden iluminar aspectos complementarios del misterio revelado sin resultar necesariamente contradictorias.9

La meta con las Iglesias orientales

La finalidad del diálogo con las Iglesias orientales consiste en restablecer la plena comunión respetando la legítima diversidad de tradiciones. La unidad no exige que Oriente abandone su patrimonio espiritual ni que Occidente imponga sus formas litúrgicas, jurídicas o teológicas.

La encíclica invita a estudiar con rigor el origen de las separaciones, el desarrollo histórico de cada Iglesia y las relaciones que existieron con la sede romana antes de la ruptura. El diálogo debe partir de la comunión que ya existe y orientarse hacia su plenitud.8,9

Las comunidades eclesiales surgidas de la Reforma

Diferencias históricas y doctrinales

La encíclica aborda también las Iglesias y comunidades eclesiales occidentales separadas de Roma durante la crisis religiosa de finales de la Edad Media y en épocas posteriores. Estas comunidades conservan una afinidad especial con la Iglesia católica por los largos siglos de comunión anterior.

Sin embargo, existen diferencias de gran alcance en la interpretación de la verdad revelada. Tales diferencias no son solo históricas, culturales o psicológicas. Afectan a cuestiones doctrinales y a la comprensión de la Iglesia, los sacramentos, el ministerio ordenado, la autoridad eclesial y la Tradición.10

Elementos cristianos compartidos

La Iglesia católica reconoce en esas comunidades numerosos bienes cristianos. Entre ellos figuran la fe en Cristo, el bautismo, la veneración de la Sagrada Escritura, la oración, la vida de la gracia y el deseo sincero de seguir el Evangelio.

Estos bienes proceden de Cristo y conducen hacia Él. No obstante, la ausencia de determinados elementos esenciales de la estructura eclesial impide hablar de plena comunión. La relación corresponde, por tanto, a una comunión real pero imperfecta, con grados diversos según la comunidad concreta.6,7

Particularidad del diálogo

El diálogo con las comunidades surgidas de la Reforma requiere métodos y objetivos parcialmente distintos de los empleados con las Iglesias orientales. En las Iglesias ortodoxas existe una estrecha proximidad sacramental y apostólica; en las comunidades reformadas, las diferencias sobre la sucesión apostólica, el sacerdocio ministerial, la Eucaristía y la estructura visible de la Iglesia tienen un peso específico.

La Iglesia católica procura abordar cada diálogo atendiendo a la naturaleza concreta de las divergencias. La unidad plena exige una convergencia sólida en la fe, los sacramentos y el ministerio pastoral.7

El ministerio del obispo de Roma

El ecumenismo plantea una cuestión particular sobre el ministerio del obispo de Roma. Juan Pablo II reconoce que este ministerio pertenece a la estructura de la Iglesia y que su finalidad consiste en confirmar a los hermanos y servir a la unidad.

Al mismo tiempo, el papa invita a los demás cristianos y a los teólogos a dialogar sobre la forma concreta de ejercer este ministerio en el contexto de la búsqueda de la unidad. La reflexión no cuestiona la misión confiada por Cristo a Pedro, sino que busca encontrar modos de ejercicio que puedan favorecer el reconocimiento de su servicio por parte de todos los cristianos.

La encíclica presenta el ministerio petrino desde la conversión, la oración y el servicio, no desde el dominio. La autoridad del obispo de Roma debe contribuir a la comunión de las Iglesias y a la fidelidad al Evangelio.2

Recepción y significado eclesial

Ut unum sint constituye uno de los documentos pontificios más relevantes del magisterio católico contemporáneo sobre el ecumenismo. Su importancia reside en varios aspectos:

  • Confirma que la unidad de los cristianos pertenece a la misión esencial de la Iglesia.
  • Integra la enseñanza del Concilio Vaticano II en el magisterio pontificio.
  • Reconoce una comunión real, aunque imperfecta, con otros cristianos.
  • Distingue los diversos grados de comunión.
  • Valora la riqueza sacramental y apostólica de las Iglesias orientales.
  • Mantiene la exigencia de la verdad y de la plena comunión.
  • Vincula oración, conversión, diálogo doctrinal y cooperación práctica.
  • Sitúa el ministerio del obispo de Roma al servicio de la unidad.

El documento evita dos reduccionismos opuestos. Por una parte, rechaza el aislamiento confesional que ignora los dones presentes en otros cristianos. Por otra, rechaza un relativismo que considere equivalentes todas las formulaciones doctrinales o que entienda la unidad como la simple suma de comunidades independientes.

Conceptos fundamentales

Ecumenismo

El ecumenismo es la actividad y el conjunto de iniciativas orientados a favorecer la unidad de los cristianos. Incluye oración, conversión, diálogo teológico, cooperación y testimonio común.

Comunión imperfecta

Expresa una comunión verdadera, fundada en elementos de santificación y de verdad compartidos, pero incompleta por la ausencia de la totalidad de los vínculos de la unidad eclesial.

Comunión plena

Designa la unidad completa en la profesión de la fe, la celebración de los sacramentos y la comunión del ministerio pastoral y jerárquico.

Iglesias hermanas

Expresión aplicada en el contexto del diálogo entre la Iglesia católica y las Iglesias orientales para reconocer su estrecha proximidad apostólica, sacramental e histórica, sin negar la separación existente.

Legítima diversidad

Variedad de tradiciones litúrgicas, espirituales, disciplinares y teológicas compatible con la unidad de la fe y de la comunión eclesial.

Síntesis doctrinal

Ut unum sint enseña que la unidad cristiana constituye voluntad de Dios, oración de Cristo y responsabilidad de todos los bautizados. La Iglesia católica reconoce que los cristianos separados de su plena comunión conservan diversos elementos de santificación y verdad, por lo que existe entre ellos una comunión real, aunque imperfecta.

La relación con las Iglesias orientales posee una especial intensidad debido a la sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía. La relación con las comunidades eclesiales surgidas de la Reforma parte de bienes cristianos auténticos, pero afronta diferencias doctrinales y eclesiológicas de particular importancia.

La meta del ecumenismo católico no consiste en una unidad superficial ni en la uniformidad, sino en la restauración de la plena comunión en la verdad, los sacramentos y el ministerio pastoral, dentro de una legítima diversidad de tradiciones.

Citas y referencias

  1. Ut unum sint, Papa Juan Pablo II. Ut Unum Sint, 1 (1995). 2
  2. Ut unum sint, Papa Juan Pablo II. Ut Unum Sint, 4 (1995). 2 3
  3. Ut unum sint, Papa Juan Pablo II. Ut Unum Sint, 17 (1995). 2
  4. Ut unum sint, Papa Juan Pablo II. Ut Unum Sint, 6 (1995).
  5. Ut unum sint, Papa Juan Pablo II. Ut Unum Sint, 9 (1995).
  6. Capítulo I - El camino del ecumenismo: El camino de la Iglesia, Papa Juan Pablo II. Ut Unum Sint, 11 (1995). 2 3
  7. Papa Juan Pablo II. A los participantes en la Plenaria del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad Cristiana (1 de febrero de 1991) - Discurso, 1 (1991). 2 3 4 5
  8. Capítulo II - Diálogo con las iglesias del este, Papa Juan Pablo II. Ut Unum Sint, 50 (1995). 2
  9. Capítulo II - Iglesias hermanas, Papa Juan Pablo II. Ut Unum Sint, 57 (1995). 2
  10. Capítulo II - Iglesias hermanas, Papa Juan Pablo II. Ut Unum Sint, 64 (1995).
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