El utilitarismo (del latín utilis, «útil») es una forma moderna del hedonismo: sostiene que el fin de la conducta humana es la felicidad, y que la norma que distingue lo moralmente correcto de lo incorrecto es el criterio del placer y del dolor. En esa lógica, un acto se considera correcto en la medida en que tiende a promover la felicidad, y es incorrecto en la medida en que tiende a producir lo contrario.1
En la formulación típica que recoge la tradición filosófica anglosajona, aparece el principio de la mayor felicidad: la corrección moral se vincula con la «utilidad», entendida como el mayor bien agregado o el mayor grado de felicidad. En la descripción clásica, la felicidad se identifica con el placer y la ausencia de dolor.1
Desde la perspectiva católica, este punto de partida resulta decisivo: si la moral se reduce a lo «ventajoso», el criterio moral corre el riesgo de perder su carácter de verdad que obliga a la voluntad y puede transformarse en un cálculo pragmático de conveniencias. En esa línea, se ha afirmado que el utilitarismo define la moral no en términos de lo que es bueno, sino de lo que es ventajoso, con efectos negativos sobre la libertad.3
