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Vanagloria

La vanagloria es el deseo desordenado de obtener reconocimiento, elogio, prestigio o admiración humana por las propias cualidades, obras o bienes. La tradición católica la considera un vicio capital, porque alimenta otros pecados y aparta el corazón de la gloria debida a Dios. En la tradición latina medieval, especialmente desde san Gregorio Magno y santo Tomás de Aquino, la vanagloria aparece vinculada a la soberbia y ocupa un lugar subordinado dentro de la doctrina occidental de los siete pecados capitales. Las tradiciones cristianas orientales, en cambio, conservaron con frecuencia una enumeración de ocho pensamientos o vicios principales, entre los que figuran separadamente la vanagloria y la soberbia.1

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreVanagloria
CategoríaTérmino
DescripciónBúsqueda vana de la aprobación humana que aparta del reconocimiento a Dios. Deseo desordenado de obtener reconocimiento, elogio, prestigio o admiración humana por las propias cualidades, obras o bienes. Anhelo exagerado de gloria terrena que distorsiona la intención del bien
ConsecuenciasDesplazamiento de la gloria de Dios, pérdida de la verdad sobre uno mismo, deterioro de relaciones, corrupción de obras buenas.
Contexto HistóricoIntegrado en la doctrina de los siete pecados capitales en la teología occidental; incluído como vicio separado en la tradición oriental de ocho vicios.
ImportanciaConsiderado vicio capital que genera otros pecados y aleja del objetivo de la gloria divina.
OrigenTradición latina medieval, desarrollada por san Gregorio Magno y santo Tomás de Aquino.
TipoVicio, Vicio capital
Vicios RelacionadosSoberbia
Virtud ContrariaHumildad
Virtudes RelacionadasHumildad

Tabla de contenido

Definición y significado

La palabra vanagloria procede de la unión de vana y gloria. La gloria designa la manifestación pública de un bien, una excelencia o una cualidad digna de reconocimiento. Santo Tomás de Aquino explica que la gloria implica que el bien de una persona llegue a resultar manifiesto y conocido, acompañado normalmente por la alabanza. La gloria puede referirse a una aprobación amplia, al reconocimiento de unas pocas personas o incluso a la propia consideración de un bien personal.2

La vanagloria aparece cuando el deseo de reconocimiento pierde su orden correcto. El término vano admite tres sentidos principales:

  • algo falso, porque la persona presume de un bien que no posee;
  • algo inestable y pasajero, porque la persona funda su honor en bienes que desaparecen;
  • algo inútil respecto de su fin, porque la persona busca reconocimiento sin una razón proporcionada.2,3

Por tanto, la vanagloria no consiste simplemente en recibir alabanzas ni en reconocer objetivamente una capacidad. Consiste en desear o disfrutar del reconocimiento de manera desordenada, convirtiendo la opinión ajena en una fuente principal de identidad, seguridad o superioridad.

La tradición cristiana oriental describe la vanagloria como una pasión por la gloria terrena y humana, junto con los honores que proceden de ella. Su raíz psicológica aparece en la dependencia respecto de lo que otras personas piensan. Entre sus manifestaciones figuran la intolerancia ante la crítica, la incapacidad para reconocer los propios errores, la búsqueda constante de aprobación y la ostentación de logros materiales, intelectuales o espirituales.4

La vanagloria como vicio capital

En la teología moral católica, un vicio capital no significa necesariamente el pecado más grave en cada acto concreto. La expresión designa una inclinación desordenada que actúa como principio generador de otros pecados. La vanagloria puede originar jactancia, hipocresía, rivalidad, discordia, desobediencia, obstinación y búsqueda presuntuosa de novedades.5

La vanagloria afecta especialmente a la relación entre el bien y su reconocimiento. La persona puede poseer una capacidad auténtica, realizar una obra buena o prestar un servicio valioso; sin embargo, el vicio aparece cuando busca la alabanza como finalidad dominante, cuando atribuye el bien exclusivamente a sí misma o cuando prefiere el aplauso humano al juicio de Dios.

Santo Tomás relaciona la vanagloria con la soberbia, pero no identifica completamente ambos vicios. La soberbia desea una excelencia desordenada; la vanagloria busca que esa excelencia sea conocida, admirada y celebrada. La alabanza funciona como medio para alcanzar una forma de superioridad. La envidia, la ira y la vanagloria poseen objetos propios, aunque pueden ordenarse hacia la soberbia como hacia un fin común: la envidia busca la disminución del bien ajeno, la ira persigue la venganza y la vanagloria ambiciona la alabanza, pero las tres pueden contribuir al deseo de sobresalir.6

Relación con la soberbia

La soberbia constituye una actitud de autoexaltación contraria al orden de la verdad. La persona soberbia no acepta adecuadamente su condición de criatura, su dependencia de Dios ni la igualdad fundamental de la naturaleza humana. San Gregorio Magno retrata al gobernante que, rodeado de elogios, termina creyendo que posee una superioridad moral semejante a la superioridad accidental de su cargo. La autoridad, la riqueza o el prestigio hacen que olvide que sus dones proceden de Dios y que comparte la misma naturaleza que los demás.7

La vanagloria constituye, en este marco, una ramificación de la soberbia. La soberbia afirma interiormente: «Soy superior». La vanagloria añade: «Los demás deben reconocerlo y admirarlo». La primera busca la excelencia desordenada; la segunda busca su manifestación pública.

Santo Tomás distingue ambos movimientos mediante la comparación con la magnanimidad. El magnánimo aspira a grandes bienes de forma proporcionada a sus capacidades y dirige su esfuerzo hacia la excelencia real de la virtud. No convierte el honor en el fin de su voluntad; considera el honor un bien externo y pasajero, aunque puede aceptarlo como testimonio de una vida virtuosa. La vanagloria, por el contrario, persigue ante todo la grandeza exterior, el elogio y el reconocimiento.8

La tradición oriental de los ocho vicios

La tradición monástica oriental, especialmente en la clasificación atribuida a Evagrio Póntico, habla de ocho categorías fundamentales de pensamientos o vicios: gula, impureza, avaricia, tristeza, ira, acedia, vanagloria y soberbia. Esta lista pretendía ayudar al discernimiento de los pensamientos apasionados que asaltan al monje y dificultan la libertad interior.1

En esta clasificación, la vanagloria y la soberbia aparecen como vicios distintos. La vanagloria busca la estima de otras personas; la soberbia representa una autoexaltación más profunda, vinculada al deseo de colocarse por encima de los demás y de independizarse de Dios. La vanagloria puede preparar el camino hacia la soberbia, porque la persona que vive para recibir alabanzas acaba construyendo una imagen exagerada de sí misma.

La tradición latina reorganizó esta enumeración. San Gregorio Magno contribuyó a la adaptación occidental de la lista de ocho vicios en la conocida doctrina de los siete pecados capitales. En ese proceso, la tristeza quedó absorbida en buena medida por la acedia, mientras la vanagloria pasó a relacionarse más estrechamente con la soberbia.1

Esta diferencia de clasificación no implica una contradicción doctrinal. Ambas tradiciones analizan la misma realidad moral desde perspectivas distintas:

  • la tradición oriental ofrece una descripción más detallada de los movimientos interiores y de la lucha espiritual;
  • la tradición latina organiza los vicios capitales según sus raíces y sus efectos en la vida moral;
  • la teología escolástica occidental considera la vanagloria una especie o derivación de la soberbia, aunque mantiene una distinción conceptual entre ambos vicios.

Vanagloria y gloria legítima

La fe católica no condena toda forma de honor, reconocimiento o buena reputación. La reputación puede favorecer el bien común, facilitar el ejercicio de una responsabilidad y ofrecer un testimonio público de la virtud. Una persona puede alegrarse moderadamente por haber cumplido bien su deber, aceptar un reconocimiento justo o agradecer la valoración de su trabajo sin incurrir por ello en vanagloria.

Santo Tomás considera legítimo ordenar el conocimiento público de las propias obras hacia tres fines:

  1. La gloria de Dios, porque todo bien creado procede principalmente de Dios y puede conducir a reconocer su bondad.
  2. El bien del prójimo, cuando el ejemplo de una vida recta anima a otras personas a practicar la virtud.
  3. El propio crecimiento en el bien, cuando una aprobación prudente ayuda a perseverar y lleva a la persona a dar gracias en lugar de atribuirse la gloria de forma absoluta.2,3

La diferencia decisiva no reside únicamente en la acción exterior, sino en la intención. Una misma conducta puede tener significados morales diferentes. Mostrar públicamente una obra de caridad puede servir para inspirar a otras personas o para solicitar ayuda destinada a los necesitados. La misma conducta puede convertirse en vanagloria si busca provocar admiración, construir una imagen personal o recibir elogios.

La gloria de Dios

La gloria de Dios consiste en la manifestación de su bondad, santidad y perfección. Dios no recibe gloria porque necesite una compensación humana, sino porque la verdad exige reconocerlo como el origen y el fin de todo bien.

Una persona puede realizar buenas obras de modo visible sin buscar vanagloria cuando desea que esas obras conduzcan a Dios. La enseñanza evangélica sobre la luz de las buenas obras orienta la visibilidad del bien hacia la glorificación del Padre celestial, no hacia la autoexaltación del discípulo. Santo Tomás utiliza precisamente esta lógica para distinguir la manifestación legítima del bien de la búsqueda vana de prestigio.2,3

La gloria de Dios posee carácter teocéntrico: Dios ocupa el centro, y la criatura reconoce que su capacidad para obrar bien depende de la gracia y de los dones recibidos. La vanagloria posee carácter egocéntrico: la persona desplaza el centro hacia sí misma y convierte el reconocimiento en una forma de posesión.

La gloria propia

La búsqueda de la gloria propia adquiere carácter pecaminoso cuando la persona:

  • atribuye a sus propias fuerzas un bien recibido de Dios;
  • desea ser admirada por cualidades inexistentes o exageradas;
  • considera el reconocimiento humano más valioso que la verdad y la justicia;
  • busca honores incompatibles con la humildad cristiana;
  • utiliza obras religiosas para exhibirse;
  • vive pendiente de la aprobación y experimenta irritación cuando otros no la conceden;
  • prefiere parecer buena antes que ser buena.

La vanagloria puede aparecer incluso en acciones espirituales. Una persona puede rezar, ayunar, estudiar teología, servir a los pobres o ejercer un ministerio eclesial y, al mismo tiempo, buscar principalmente la admiración de otras personas. San Gregorio Magno advierte que incluso la abstinencia puede alimentar la soberbia cuando la práctica exterior sirve para alimentar una superioridad interior.9

Manifestaciones de la vanagloria

Jactancia y exageración

La jactancia presenta los propios logros de forma exagerada. Puede incluir la apropiación de méritos ajenos, la ocultación de ayudas recibidas o la presentación de una capacidad ordinaria como si fuera excepcional.

La persona vanagloriosa no siempre inventa completamente sus cualidades. A veces posee un talento real, pero lo convierte en el centro de su identidad y exige que los demás lo reconozcan continuamente. La exageración puede afectar al éxito profesional, a los bienes materiales, a la inteligencia, a la cultura, a la belleza, a la influencia social o a la práctica religiosa.

Dependencia de la aprobación

La vanagloria somete la libertad interior al juicio ajeno. La persona necesita elogios para sentirse valiosa y vive la crítica razonable como una amenaza. La tradición oriental vincula expresamente este vicio con la intolerancia ante la corrección, el rechazo a reconocer los errores y la búsqueda constante de alabanzas.4

Esta dependencia puede conducir a cambiar de principios para agradar, ocultar la verdad para evitar el desprestigio o aceptar injusticias con tal de conservar una imagen favorable.

Hipocresía

La hipocresía aparece cuando la persona intenta parecer virtuosa sin buscar sinceramente la virtud. La preocupación principal no consiste en actuar bien, sino en producir una determinada impresión en quienes observan.

La vanagloria puede llevar a practicar la religión de forma teatral, hablar continuamente de sacrificios personales o exhibir obras de misericordia. La acción exterior puede conservar algún valor objetivo, pero la intención queda deformada cuando la búsqueda de aprobación desplaza el amor a Dios y al prójimo.

Rivalidad y discordia

Quien desea sobresalir puede experimentar malestar ante el reconocimiento de otra persona. El éxito ajeno aparece entonces como una amenaza contra la propia importancia. La vanagloria alimenta la rivalidad, la competición innecesaria y la incapacidad para alegrarse por el bien de los demás.

También puede provocar discusiones motivadas no por la verdad, sino por la necesidad de tener la última palabra. La persona no defiende una cuestión justa; defiende su imagen de persona competente, brillante o superior.

Presunción de novedades

Santo Tomás, siguiendo a san Gregorio Magno, relaciona con la vanagloria una forma de presunción que impulsa a realizar cosas desproporcionadas para provocar admiración. La persona emprende novedades no por su utilidad o verdad, sino porque llaman la atención y la distinguen de los demás.10

En el ámbito religioso, esta tendencia puede expresarse mediante opiniones extravagantes, interpretaciones novedosas presentadas con seguridad desmedida o propuestas que buscan notoriedad más que edificación. La novedad no resulta mala por el mero hecho de ser nueva; el problema aparece cuando la admiración sustituye a la verdad, la prudencia y la obediencia legítima.

Búsqueda de cargos y preeminencia

San Gregorio Magno aplica esta enseñanza a quienes desean cargos eclesiásticos por la dignidad, el poder o la consideración social que proporcionan. El ministerio cristiano exige servicio, responsabilidad y sacrificio; quien busca ante todo la posición honorífica demuestra que desea el prestigio del cargo, no su finalidad pastoral.11

La misma lógica puede aparecer fuera de la Iglesia: en la política, la empresa, la universidad, la vida asociativa o las redes sociales. El deseo de asumir una responsabilidad puede ser bueno cuando nace del servicio; se vuelve vanaglorioso cuando busca dominio, admiración o superioridad.

Causas de la vanagloria

La vanagloria nace de una comprensión defectuosa del bien personal y de la propia dependencia de Dios. Entre sus causas frecuentes figuran las siguientes:

  • olvido de la condición creatural, que lleva a considerar los dones como propiedad absoluta;
  • inseguridad interior, que intenta compensarse mediante elogios;
  • comparación constante, que convierte las relaciones en una competición;
  • educación excesivamente centrada en el éxito, el rendimiento o la apariencia;
  • amor desordenado a la reputación, incluso cuando la reputación no corresponde a la verdad;
  • falta de gratitud, que impide reconocer la ayuda de Dios y de otras personas;
  • deseo de poder, que busca someter a los demás y recibir un trato privilegiado.

Santo Tomás recuerda que ningún bien humano procede de la persona como causa exclusiva. Incluso los méritos que justifican una recompensa dependen principalmente de la gracia de Dios, y la persona no constituye por sí sola la causa completa de sus buenas obras.8

Consecuencias espirituales y morales

Desplazamiento de Dios

La vanagloria sustituye progresivamente la gloria de Dios por la gloria humana. La persona deja de preguntarse si una obra agrada a Dios y comienza a preguntarse cómo será recibida por los demás. La tradición oriental describe este proceso como un obstáculo para el crecimiento espiritual, porque el apego a la gloria terrena ocupa el lugar reservado a la búsqueda de Dios.12

Pérdida de la verdad sobre uno mismo

La persona vanagloriosa termina creyendo la imagen que desea proyectar. San Gregorio Magno describe cómo el gobernante rodeado de aduladores llega a considerarse tal como lo llaman los demás, en lugar de juzgarse según la verdad de su vida.7

La vanagloria puede producir tanto autoengaño como desesperación. Mientras recibe elogios, la persona mantiene una imagen exaltada; cuando llegan la crítica, el fracaso o el olvido, experimenta una profunda desorientación.

Deterioro de las relaciones

La vanagloria dificulta la amistad porque transforma a los demás en espectadores, admiradores o competidores. La persona busca personas que la elogien y evita a quienes pueden corregirla. La adulación reemplaza a la verdad, y la convivencia queda sometida a la necesidad de mantener una imagen.

Corrupción de las obras buenas

Una obra objetivamente buena puede perder su valor meritorio cuando la intención humana la orienta principalmente hacia la vanidad. San Juan Crisóstomo describe la vanagloria como una esclavitud que impulsa a realizar incluso actos de ayuno o limosna para exhibirlos ante la multitud, con el riesgo de perder el fruto espiritual de la acción.13

Presunción y temeridad

El deseo de impresionar puede llevar a asumir responsabilidades sin preparación, hablar con una autoridad que no corresponde o emprender proyectos desproporcionados. Santo Tomás relaciona esta presunción con el deseo de gloria y, particularmente, con la inclinación hacia novedades capaces de suscitar admiración.10

Gravedad moral

La vanagloria constituye siempre una desordenación moral, porque desvía el deseo de reconocimiento de su fin adecuado. Sin embargo, la gravedad concreta de cada acto depende de la materia, del grado de conocimiento y del consentimiento, así como del daño causado a Dios, al prójimo y a la propia vida moral.

Un pensamiento espontáneo de satisfacción ante una felicitación no equivale a un acto plenamente deliberado de vanagloria. Las primeras mociones pueden surgir sin consentimiento; el pecado aparece cuando la persona las acepta voluntariamente, las alimenta o organiza su conducta para obtener una admiración desordenada.

La vanagloria adquiere mayor gravedad cuando:

  • lleva a despreciar a Dios o sus mandamientos;
  • impulsa a mentir, calumniar o apropiarse del trabajo ajeno;
  • provoca injusticias contra otras personas;
  • utiliza bienes religiosos para manipular o escandalizar;
  • coloca la opinión humana por encima de la verdad moral;
  • fomenta un daño grave al bien común.

La doctrina católica distingue, por tanto, entre la inclinación interior, el pecado venial y la conducta que puede alcanzar gravedad mortal por sus circunstancias y consecuencias.

Virtud contraria: humildad

La virtud directamente opuesta a la vanagloria es la humildad, entendida no como desprecio de los propios dones, sino como reconocimiento de la verdad sobre Dios, sobre uno mismo y sobre los demás.

La humildad cristiana afirma simultáneamente tres verdades:

  1. Dios es la fuente primera de todo bien.
  2. La persona posee dones reales, pero los recibe y debe administrarlos responsablemente.
  3. El valor de una persona no depende de la admiración social.

San Gregorio Magno contrapone la gloria temporal, breve e inestable, a los bienes eternos. Recuerda que la humildad precede a la verdadera gloria y que quien se exalta termina cayendo, mientras quien se humilla ante Dios alcanza una grandeza más auténtica.14

La humildad tampoco equivale a cobardía, silencio ante la injusticia o negación de las propias responsabilidades. San Gregorio advierte que algunas personas confunden la timidez con la humildad, mientras otras presentan la impetuosidad orgullosa como si fuera libertad y valentía. La virtud evita tanto la servil dependencia de la opinión ajena como la agresividad nacida del orgullo.14

Discernimiento de la intención

Para examinar la presencia de vanagloria, conviene formular preguntas concretas:

  • ¿Realizaría esta obra si nadie llegara a conocerla?
  • ¿Me alegro más por el bien realizado o por los elogios recibidos?
  • ¿Acepto una corrección justa sin resentimiento?
  • ¿Reconozco la ayuda de Dios y de otras personas?
  • ¿Busco comunicar el bien o construir una imagen personal?
  • ¿Me entristece que otra persona reciba el reconocimiento que yo esperaba?
  • ¿Presento mis virtudes para servir o para dominar?
  • ¿Acepto desempeñar tareas ocultas y poco prestigiosas?

Estas preguntas no condenan la satisfacción legítima por una obra bien hecha. Ayudan a descubrir si la aprobación humana ocupa un lugar desproporcionado en la intención.

La vanagloria en la vida contemporánea

La cultura contemporánea ofrece numerosos medios para exhibir la propia imagen. La publicidad personal, la exposición continua de la vida privada, la búsqueda de seguidores y la valoración pública mediante cifras pueden intensificar la tentación de convertir la identidad en espectáculo.

Las redes sociales y los medios digitales no son malos por sí mismos. Pueden servir para evangelizar, educar, promover obras de caridad, comunicar la verdad y fortalecer la vida comunitaria. El problema surge cuando la persona mide el valor de una acción por el número de reacciones que recibe o cuando transforma el servicio cristiano en una estrategia de autopromoción. La vanagloria contemporánea no necesita una mentira completa: basta con seleccionar cuidadosamente la imagen pública, ocultar las debilidades y buscar una admiración constante.

La tentación afecta tanto a la vida civil como a la eclesial. Un investigador puede buscar reconocimiento por encima de la verdad; un profesional puede convertir el trabajo en una competición de prestigio; un voluntario puede necesitar que todo servicio lleve su nombre; un cristiano puede mostrar su piedad para ser considerado ejemplar. En todos estos casos, el discernimiento debe atender a la intención y al orden de los bienes.

Remedios espirituales

Acción de gracias

La gratitud reconoce que los talentos, oportunidades, salud, formación y frutos del trabajo no dependen únicamente del esfuerzo individual. Dar gracias a Dios corrige la apropiación orgullosa de los bienes.

Obras ocultas

Realizar actos buenos que nadie conoce ayuda a purificar la intención. El servicio silencioso permite comprobar si la persona ama realmente el bien o necesita el reconocimiento que lo acompaña.

Aceptación de la corrección

La corrección fraterna, recibida con prudencia, rompe la dependencia de la imagen personal. Reconocer un error no destruye la dignidad; manifiesta la adhesión a la verdad.

Atribución justa de los méritos

La persona debe reconocer el trabajo ajeno, agradecer la colaboración y admitir que sus logros dependen de una red de relaciones, instituciones y dones recibidos. Esta actitud no elimina la responsabilidad personal, pero evita la ficción de una autosuficiencia absoluta.

Servicio humilde

La caridad cristiana busca el bien del prójimo, no la propia exaltación. Las tareas sencillas, ocultas o poco valoradas socialmente pueden formar especialmente en la humildad.

Contemplación de Cristo

San Gregorio Magno presenta la humildad de Cristo como el camino opuesto a la soberbia: quien posee la grandeza suprema acepta hacerse pequeño y obediente para la redención humana.14

La contemplación de Cristo permite comprender que la verdadera grandeza no consiste en ser servido, sino en servir. La autoridad cristiana, el conocimiento, la riqueza y los talentos adquieren su sentido cuando contribuyen al bien de Dios y del prójimo.

Vanagloria y vida eclesial

La Iglesia necesita anunciar públicamente el Evangelio, reconocer testimonios de santidad y agradecer los servicios de sus miembros. El reconocimiento eclesial puede fortalecer la comunidad y estimular la perseverancia. Sin embargo, cualquier ministerio, cargo o carisma puede deformarse cuando la persona busca distinción, poder o aplauso.

El servicio pastoral exige distinguir entre responsabilidad y preeminencia. La responsabilidad busca cumplir una misión; la preeminencia busca situarse por encima de los demás. San Gregorio Magno advierte especialmente contra quienes desean cargos sagrados por el honor que proporcionan, en lugar de aceptar el sacrificio y la exigencia moral propios del ministerio.11

La Iglesia combate la vanagloria mediante la vida sacramental, la dirección espiritual, la corrección fraterna, la penitencia, la oración y la práctica de la caridad. La humildad no elimina los dones personales, sino que los devuelve a su finalidad propia: la gloria de Dios y la edificación de la comunidad.

Conclusión

La vanagloria consiste en buscar de forma desordenada la admiración, el honor y la aprobación de los demás. La tradición oriental la enumera a menudo como uno de los ocho vicios principales, mientras la tradición latina de san Gregorio Magno y santo Tomás de Aquino la integra en la doctrina de los siete pecados capitales y la considera una derivación de la soberbia.1

La Iglesia no condena el reconocimiento justo ni la buena reputación. La gloria humana puede ordenarse a la gloria de Dios, al bien del prójimo y a la perseverancia en la virtud. La vanagloria comienza cuando el reconocimiento se convierte en finalidad, cuando la persona olvida que sus dones proceden de Dios o cuando prefiere el aplauso humano a la verdad y a la justicia.2,3

La humildad, la gratitud, el servicio oculto, la aceptación de la corrección y la orientación de toda obra hacia Dios forman el camino principal para vencer este vicio. La auténtica gloria no nace de ser admirado, sino de vivir en la verdad, amar a Dios y poner los propios dones al servicio del bien.

Citas y referencias

  1. Logismoi, Edward G. Farrugia. Diccionario enciclopédico del Oriente cristiano, Logismoi (2015). 2 3 4
  2. Tomás de Aquino. Cuestiones disputadas sobre el mal, 9.1.resp (1272). 2 3 4 5
  3. Tomás de Aquino. Quaestiones disputatae de malo, 236 (2019). 2 3 4
  4. Parte tres - La vida de la Iglesia - II. La persona en Cristo como nueva creación - C. Una ascésis que purifica - 2. Los ocho pecados capitales y sus virtudes opuestas - G. Vanagloria y su virtud opuesta - humildad, Sínodo de la Iglesia Católica Greco-Ucraniana. Catecismo de la Iglesia Católica Ucraniana: Cristo - Nuestra Pascua, 774 (2016). 2
  5. Gloria. Enciclopedia Católica, Gloria (1913).
  6. Tomás de Aquino. Quaestiones disputatae de malo, 223 (2019).
  7. Que el gobernante sea, por humildad, compañero de buenos vividores, pero, por el celo de la justicia, rígido contra los vicios de los malhechores, Gregorio Magno. El Libro de la Regla Pastoral, 2.6 (590). 2
  8. Respuesta, Tomás de Aquino. Comentario sobre las Sentencias, 2.D42.Q2.A4.resp (1256). 2
  9. Cómo deben ser amonestados los que usan la comida de manera intemperante y los que la usan escasamente, Gregorio Magno. El Libro de la Regla Pastoral, 3.19 (590).
  10. Segunda parte de la segunda parte - De la presunción - ¿Surge la presunción de la vanagloria? , Tomás de Aquino. Summa Theologiae, II-II, Q. 21, A. 4, co. (1274). 2
  11. De los que codician la pre-eminencia y se apropian del lenguaje del apóstol para servir a sus propias cupideces, Gregorio Magno. El Libro de la Regla Pastoral, 1.8 (590). 2
  12. Parte tres - La vida de la Iglesia - II. La persona en Cristo como nueva creación - C. Una ascésis que purifica - 2. Los ocho pecados capitales y sus virtudes opuestas - G. Vanagloria y su virtud opuesta - humildad, Sínodo de la Iglesia Católica Greco-Ucraniana. Catecismo de la Iglesia Católica Ucraniana: Cristo - Nuestra Pascua, 775 (2016).
  13. Rom. X, 1, Juan Crisóstomo. Homilía 17 sobre Romanos, Cap. X. Ver. 11-13 (391).
  14. Cómo deben ser amonestados los humildes y los altaneros, Gregorio Magno. El Libro de la Regla Pastoral, 3.17 (590). 2 3
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