La Iglesia Católica hace una clara distinción entre la veneración que se ofrece a la Virgen María y la adoración que se debe solo a Dios1,2,3. La adoración, también conocida como latría, es el culto supremo que se dirige al Creador y Señor del universo, reconociéndolo como Dios Padre, el Verbo Encarnado (Jesucristo) y el Espíritu Santo4,3.
Por otro lado, la veneración mariana se conoce como dulía, un tipo de respeto y honor que se da a los santos, pero que en el caso de María es singular y superior debido a su papel único en la historia de la salvación5,1,2,3. Aunque la devoción a María es superior a la devoción a otros santos, es fundamentalmente diferente e inferior al culto de adoración reservado a Dios3. No hay una distancia infinita entre la veneración mariana y el culto a la Trinidad y al Verbo Encarnado3.
El Concilio Vaticano II enfatiza que la devoción cristiana a la Santísima Virgen es intrínseca al culto cristiano y que esta devoción especial «difiere esencialmente de la adoración que se da al Verbo encarnado e igualmente al Padre y al Espíritu Santo, y la fomenta en gran medida»2. Por lo tanto, la veneración a María no solo no compite con la adoración a Dios, sino que la favorece, conduciendo a un conocimiento, amor y glorificación más profundos de Cristo6.

