En el siglo XX se discutió con intensidad el modo de entender la relación entre conceptos, juicio y experiencia interior. En ciertos enfoques, se subrayó la búsqueda de la verdad como movimiento dinámico del entendimiento hacia su plenitud, relativizando el estatuto epistemológico de las formulaciones conceptuales en comparación con el acto de juicio.
En este contexto, se ha descrito un debate donde algunos autores presentan una «trascendentalización» del tomismo: la verdad se alcanzaría de forma primaria en el juicio existencial, que asume el concepto y lo supera, y cuyo término último sería Dios como atracción definitiva. Asimismo se ha observado que esta perspectiva puede favorecer, según críticos, discontinuidades en la recepción de la tradición doctrinal, o que requiere un equilibrio para no deslizarse hacia relativismos.,
Al mismo tiempo, algunos estudios matizan que los mejores intentos de integración reconocen la capacidad de los conceptos y enunciados proposicionales para alcanzar la verdad en el juicio. Así, los documentos del Concilio Vaticano II pueden leerse como un esfuerzo por combinar énfasis: continuidad doctrinal con nuevas mediaciones bíblicas y una comprensión renovada del modo de acercarse al misterio sin romper el contenido.
Para la comprensión de la verdad trascendental, este debate resulta relevante porque afecta a:
el modo de interpretar el papel del concepto,
la prioridad del juicio o del contenido conceptual,
y el riesgo de reducir la verdad a experiencia no conceptualizable.,
En clave católica, la afirmación estable —ya presente en la escolástica— de que la verdad no depende del sujeto como si lo inventara, y que el conocimiento es adecución a la realidad, actúa como criterio para discernir desarrollos teológicos.,