La verdad como atributo divino
La verdad eterna halla su origen en Dios, quien es Verdad subsistente. Según la enseñanza católica, Dios no solo posee la verdad, sino que es la Verdad misma, y su Palabra es infalible y eterna. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que «Dios es la fuente de toda verdad. Su Verbo es verdad. Su Ley es verdad». Esta afirmación se basa en la Revelación, donde se describe a Dios como aquel cuya fidelidad perdura por todas las generaciones.2,1
En este sentido, las verdades eternas no son meras proposiciones abstractas, sino realidades arraigadas en el ser divino. Toda verdad humana, ya sea natural o revelada, deriva de esta fuente primera e inmutable. La Escritura lo corrobora al afirmar: «La suma de tu palabra es verdad, y todas tus justas ordenanzas son eternas». De aquí se infiere que abandonarse a la verdad de Dios implica una confianza absoluta, pues sus promesas siempre se cumplen.1
Unidad de la verdad eterna según santo Tomás de Aquino
Santo Tomás de Aquino ofrece una explicación profunda en su Comentario a las Sentencias, donde sostiene que solo existe una verdad eterna: la verdad divina. Argumenta que la verdad se completa en el acto intelectual, fundamentado en la existencia real de las cosas. Dado que solo la existencia divina es eterna e inmutable, solo la verdad divina lo es también.3,4,5,6
Aquino responde a objeciones comunes, como la multiplicidad de proposiciones eternas (por ejemplo, «el Padre es Dios» y «el Hijo es Dios»). Para él, estas no constituyen verdades separadas, sino aspectos de la única verdad divina, multiplicada solo en su referencia a las realidades. Asimismo, refuta que las verdades proféticas o futuras impliquen múltiples verdades eternas, pues todas se reducen al intelecto divino único.5,7
En su Cuestiones disputadas sobre la verdad, Aquino profundiza: la verdad no puede generarse ni corromperse, pues antes de existir requeriría ya una verdad previa. Así, confirma la eternidad de la primera verdad, excluyendo verdades creadas eternas.7
