Crítica textual
La crítica textual compara los manuscritos antiguos para reconstruir, con el mayor grado de certeza posible, la forma original de un texto. La Biblia posee una transmisión manuscrita compleja, especialmente en hebreo, arameo y griego. Las variantes suelen afectar palabras, orden de frases o detalles menores, aunque algunas requieren un estudio particular.
La tradición católica ha desarrollado durante siglos instrumentos para este trabajo. León XIII recordó la importancia de investigar el texto original y las versiones antiguas, así como la preparación de ediciones críticas de la Vulgata y de la Septuaginta. También destacó el valor de las antiguas traducciones y de las Biblias políglotas para establecer el sentido genuino del texto.
La crítica textual no decide por sí sola si un acontecimiento ocurrió. Su función consiste en establecer qué texto debe interpretarse. Sin una base textual fiable, la investigación histórica y teológica carecería de un punto de partida seguro.
Crítica literaria
La crítica literaria estudia la estructura, el vocabulario, los personajes, las repeticiones, los paralelismos y la composición de cada libro. Ayuda a distinguir, por ejemplo, un himno de una crónica, una parábola de un relato biográfico o un discurso teológico de una transcripción literal.
Este análisis resulta especialmente necesario en el Antiguo Testamento. La forma actual de muchos libros procede de procesos redaccionales prolongados y de la integración de tradiciones diversas. El investigador debe valorar esas tradiciones con rigor antes de emplear un pasaje como prueba directa de un hecho arqueológico. Aun así, las tradiciones bíblicas pueden conservar recuerdos de experiencias históricas, costumbres, conflictos, migraciones y formas de organización social.
Crítica histórica
La crítica histórica examina la relación entre el texto y el contexto en que surgió. Considera:
- La situación política y religiosa.
- Las instituciones mencionadas.
- Las costumbres jurídicas y familiares.
- Las rutas, ciudades y fronteras.
- Las relaciones entre Israel, Judá y los pueblos vecinos.
- La plausibilidad cronológica.
- La antigüedad de las tradiciones transmitidas.
Este método no puede reconstruir todos los detalles de una sociedad antigua. La mayor parte de los acontecimientos humanos no deja restos materiales ni documentos. Incluso una excavación exhaustiva produciría una imagen real, pero necesariamente incompleta, de la historia. La ausencia de una prueba arqueológica no demuestra que el hecho nunca sucediera; únicamente impide afirmarlo con el mismo grado de certeza que un acontecimiento documentado por varias fuentes independientes.
Arqueología
La arqueología estudia ciudades, fortificaciones, tumbas, templos, inscripciones, monedas, cerámica, caminos y otros restos materiales. Puede confirmar la existencia de lugares, instituciones o prácticas mencionadas por la Biblia, aunque rara vez prueba por sí sola todo el desarrollo narrativo de un episodio.
Entre los testimonios arqueológicos vinculados con el mundo bíblico destacan:
- La estela de Mesa, relacionada con el reino de Moab.
- La inscripción del túnel de Siloé, vinculada a las obras hidráulicas de Jerusalén.
- Las cartas de Tell el-Amarna, que muestran la presencia de una intensa influencia política y cultural mesopotámica en Palestina durante el segundo milenio antes de Cristo.
- Diversos restos de Jerusalén, Samaría, Laquis, Meguido, Hazor y otras ciudades del antiguo Levante.
- Las excavaciones realizadas bajo la basílica de San Pedro, que aportaron indicios relevantes sobre la veneración antigua de la tumba del apóstol.
La investigación católica considera la arqueología una disciplina teológica auxiliar porque permite comprender los lugares, objetos y formas de vida en los que la fe cristiana tomó cuerpo histórico. León XIV ha descrito la arqueología cristiana como una vía para estudiar las huellas materiales de la fe y comprender cómo el Evangelio se expresó dentro de culturas concretas.
Pío XII afirmó que las excavaciones bajo la basílica de San Pedro llevaron al descubrimiento de una tumba situada bajo el altar papal y que el resultado impresionó incluso a críticos escépticos. También precisó que la prueba monumental sobre la permanencia y muerte de Pedro en Roma no constituye un fundamento esencial de la fe católica.
Epigrafía y fuentes extrabíblicas
La epigrafía estudia las inscripciones antiguas. Los documentos de pueblos vecinos pueden iluminar nombres, títulos, guerras, territorios y prácticas religiosas presentes en la Biblia. No siempre ofrecen una confirmación directa del relato bíblico, pero ayudan a establecer el ambiente histórico en que surgieron los textos.
Las fuentes extrabíblicas poseen diversos grados de valor. Una inscripción contemporánea puede aportar un testimonio directo, mientras que una crónica posterior puede conservar tradiciones antiguas mezcladas con interpretaciones políticas. El historiador debe evaluar la fecha, finalidad, transmisión, independencia y fiabilidad de cada documento.
Filología y lenguas antiguas
La filología compara el hebreo bíblico con otras lenguas semíticas, estudia la evolución del vocabulario y analiza préstamos culturales. Las lenguas antiguas permiten comprender mejor nombres propios, títulos reales, instituciones y expresiones que una traducción moderna puede oscurecer.
La Iglesia ha promovido históricamente el estudio del hebreo, el arameo, el griego, el copto, el acadio y otras lenguas orientales. León XIII recordó la labor de los estudiosos católicos en la investigación de los textos originales y en el diálogo con las ciencias filológicas.