Las vestiduras litúrgicas tienen sus raíces en la vestimenta secular común del Imperio Romano en los primeros siglos cristianos1. Inicialmente, los sacerdotes celebraban las funciones sagradas con la misma indumentaria que usaban en la vida cotidiana, aunque es probable que se reservaran para este fin prendas más nuevas y limpias1. Esta costumbre evolucionó gradualmente hacia la concepción de una indumentaria litúrgica especial1.
En Occidente, la distinción entre la vestimenta laica y clerical se desarrolló más rápidamente que en Oriente2. Hacia el siglo IX, la costumbre romana se había vuelto autoritaria en casi toda Europa Occidental en lo que respecta a la vestimenta litúrgica3. La simplicidad de la vestimenta en la era precarlolingia es notable, con decoraciones limitadas principalmente a los clavi, adornos rojos de la dalmática3. El tercer período, del siglo IX al XIII, completó el desarrollo de las vestiduras sacerdotales en Europa Occidental3. Durante este tiempo, la casulla se convirtió en la vestidura exclusiva para la celebración de la Misa, mientras que el pluvial o capa y el sobrepelliz surgieron para otras funciones3. La vestimenta pontifical, en particular, recibió su forma definitiva, reflejando la creciente importancia secular de los obispos3.
En las Iglesias Orientales, las vestiduras también evolucionaron, con una distinción más lenta entre la vestimenta laica y clerical2. Sin embargo, el Concilio Trullano en el año 691 prescribió que todos los clérigos debían usar en todo momento las túnicas propias de su profesión2. La Instrucción para la Aplicación de las Prescripciones Litúrgicas del Código de Cánones de las Iglesias Orientales subraya la importancia de preservar el uso tradicional de las vestiduras litúrgicas, manteniendo el valor del lenguaje litúrgico particular de cada Iglesia sui iuris y absteniéndose de imitar los usos de otras Iglesias4.
