La noción de vestir al desnudo encuentra su fundamento primordial en las páginas del Antiguo Testamento, donde el acto de vestir trasciende lo meramente práctico para adquirir un profundo significado teológico y simbólico. Tras la desobediencia de Adán y Eva en el paraíso, la desnudez se convierte en emblema de la pérdida de inocencia y la entrada del pecado en el mundo. Dios, en un gesto de misericordia, les provee túnicas de pieles, restaurando así su dignidad y protegiendo su intimidad sexual frente a la concupiscencia desordenada.1
Este gesto divino se erige como modelo para la humanidad: «El vestido, en la tradición bíblica, tiene diferentes funciones, algunas prácticas, otras de valor simbico; viene incluido, por tanto, entre los bienes primarios para el hombre». Protege del frío, del oprobio y de la exposición indebida, diferenciando al ser humano del animal. Ejemplos paradigmáticos incluyen el cuidado del neonato envuelto en pañales, la prohibición de retener el manto del pobre como cobertor nocturno, o la preservación milagrosa de las vestiduras del pueblo israelita en el desierto.1
En el Nuevo Testamento, esta obra se integra en el juicio final descrito por Jesús: «Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me recogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis» (Mt 25,36). Así, vestir al desnudo no es solo caridad material, sino criterio de salvación eterna.2
