No existe una única lista universalmente obligatoria de estaciones para la Via Lucis. Muchas comunidades emplean catorce estaciones, por analogía con la forma tradicional de la Via Crucis. Otras utilizan quince o dieciséis estaciones, especialmente cuando incluyen Pentecostés o una aparición adicional del Resucitado.
Una forma ampliamente utilizada puede organizarse así:
Primera estación: Jesús resucita de entre los muertos
La primera estación contempla el sepulcro vacío y la victoria de Cristo sobre la muerte. La Resurrección no consiste en una simple reanimación del cuerpo ni en el recuerdo afectivo de un maestro desaparecido. Cristo vive con una vida nueva y gloriosa, y en Él comienza la nueva creación.
La estación invita a proclamar el núcleo de la fe: Jesucristo ha resucitado verdaderamente.
Segunda estación: Las mujeres encuentran el sepulcro vacío
Las mujeres acuden al sepulcro y descubren que la piedra ha sido retirada. El anuncio pascual llega a través de quienes, según los relatos evangélicos, reciben la misión de comunicar a los apóstoles la noticia de la Resurrección.
La estación recuerda que la fe nace de la iniciativa de Dios y exige transmitir el Evangelio con fidelidad.
Tercera estación: Jesús se manifiesta a María Magdalena
María Magdalena reconoce al Señor cuando Jesús la llama por su nombre. El encuentro muestra la dimensión personal de la fe cristiana: Cristo resucitado no es una idea abstracta, sino el Señor vivo que conoce y llama a cada discípulo.
Jesús envía a María Magdalena a anunciar a los apóstoles que ha visto al Señor. La experiencia de la Resurrección conduce siempre a la misión.
Cuarta estación: Jesús se aparece a los discípulos de Emaús
Dos discípulos caminan abatidos hacia Emaús. Jesús se acerca, escucha su desilusión y les explica las Escrituras. Finalmente, ellos lo reconocen al partir el pan.
Este episodio une tres elementos esenciales de la vida de la Iglesia: la Palabra de Dios, la celebración eucarística y la misión. El corazón de los discípulos arde mientras escuchan a Cristo, y la fracción del pan abre sus ojos a la presencia del Resucitado.
Quinta estación: Jesús se manifiesta a los discípulos en Jerusalén
El Señor entra en medio de los discípulos reunidos y les comunica la paz. Su presencia vence el miedo y transforma la reunión de los discípulos en una comunidad renovada.
Jesús muestra sus manos y sus pies. Las llagas gloriosas manifiestan la continuidad entre el Crucificado y el Resucitado: quien vive para siempre es el mismo que entregó su vida en la cruz.
Sexta estación: Jesús confirma la fe de Tomás
Tomás expresa su dificultad para creer en el testimonio de los demás discípulos. Cristo no lo abandona, sino que sale a su encuentro y le permite reconocer la verdad de la Resurrección.
La confesión de Tomás -«¡Señor mío y Dios mío!»- constituye una de las afirmaciones más profundas de la fe cristiana. La estación invita a presentar ante Cristo las dudas, heridas y resistencias, para que la fe alcance una adhesión personal y sincera.
Séptima estación: Jesús confía a los discípulos el poder de perdonar los pecados
El Resucitado comunica a los apóstoles el Espíritu Santo y los envía a continuar su misión. La Iglesia recibe de Cristo el ministerio de la reconciliación y anuncia el perdón de Dios.
La Resurrección no encierra a los discípulos en una experiencia privada. Cristo resucitado edifica una comunidad visible, sacramental y misionera, destinada a llevar la misericordia de Dios a todos los pueblos. El Directorio relaciona las apariciones pascuales con la profundización de la estructura sacramental y jerárquica de la Iglesia.
Octava estación: Jesús fortalece la fe de Pedro
Junto al lago de Tiberíades, Cristo se encuentra con Pedro y le pregunta tres veces si lo ama. La triple pregunta recuerda la triple negación del apóstol, pero también manifiesta el poder restaurador de la misericordia.
Jesús confía a Pedro el cuidado de su rebaño. La misión pastoral no nace de la perfección personal del ministro, sino de la gracia del Resucitado, que perdona, transforma y envía.
Novena estación: Jesús acompaña a los discípulos en la pesca milagrosa
Los discípulos trabajan durante la noche sin obtener fruto. Al amanecer, Jesús les indica dónde echar las redes y la pesca resulta abundante.
La escena simboliza la misión de la Iglesia. La eficacia evangelizadora no depende exclusivamente de los recursos humanos, sino de la obediencia a la palabra de Cristo. El Resucitado permanece junto a su Iglesia en la tarea de anunciar el Evangelio.
Décima estación: Jesús entrega a los discípulos la misión universal
Cristo resucitado envía a sus discípulos a anunciar el Evangelio y hacer discípulos de todos los pueblos. La misión brota directamente de la Pascua: quien ha encontrado al Señor vivo recibe la responsabilidad de comunicar la salvación.
La estación recuerda que todo bautizado participa, según su vocación y estado de vida, en la misión evangelizadora de la Iglesia.
Undécima estación: Jesús asciende al cielo
La Ascensión no significa que Cristo abandone a su Iglesia. El Señor entra en la gloria del Padre y permanece presente de un modo nuevo: en la Palabra, en los sacramentos, en la comunidad eclesial y en la acción del Espíritu Santo.
La Ascensión orienta la mirada hacia el cielo sin apartar al cristiano de sus responsabilidades terrenas. Los discípulos reciben el mandato de dar testimonio en el mundo.
Duodécima estación: Los discípulos esperan al Espíritu Santo
Después de la Ascensión, los apóstoles perseveran unidos en la oración. La espera expresa la dependencia radical de la Iglesia respecto de la promesa de Cristo.
La comunidad cristiana no puede cumplir su misión únicamente mediante organización, esfuerzo o planificación. Necesita recibir continuamente el Espíritu Santo, que ilumina la inteligencia, fortalece la voluntad y concede valentía para el testimonio.
Decimotercera estación: María y los discípulos esperan en oración
La tradición cristiana contempla a María junto a los discípulos en la espera del Espíritu Santo. Su presencia recuerda la continuidad entre la Encarnación, la Pascua y el nacimiento misionero de la Iglesia.
María enseña a acoger la acción de Dios con fe, silencio y disponibilidad. Su actitud acompaña el camino de la Iglesia que aguarda la plenitud de la promesa de Cristo.
Decimocuarta estación: Pentecostés
El Espíritu Santo desciende sobre los apóstoles y los convierte en testigos públicos del Resucitado. El miedo queda vencido y la comunidad comienza a anunciar el Evangelio a todos los pueblos.
Pentecostés manifiesta que la Via Lucis no termina en una alegría intimista. La luz recibida debe convertirse en testimonio, servicio, caridad y anuncio de Jesucristo.