El Viacrucis es una síntesis de diversas devociones que surgieron a partir de la Alta Edad Media1,2. Su origen se remonta a la Tierra Santa, donde los peregrinos visitaban devotamente los lugares asociados con la Pasión del Señor, una práctica que ha sido un objetivo de peregrinación desde los días de Constantino1,2,3. La tradición sostiene que la Santísima Virgen María visitaba diariamente las escenas de la Pasión de Cristo, y San Jerónimo mencionó las multitudes de peregrinos que acudían a los lugares santos en su época3.
Un deseo de reproducir estos lugares santos en otras tierras para aquellos que no podían peregrinar a Jerusalén se manifestó tempranamente3. Ya en el siglo V, San Petronio, obispo de Bolonia, construyó un grupo de capillas interconectadas en el monasterio de San Stefano, conocidas como «Hierusalem», con la intención de representar los santuarios más importantes de Jerusalén. Estos pueden ser considerados los gérmenes de lo que más tarde se desarrollaría como las Estaciones de la Cruz3.
Durante los siglos XII, XIII y XIV, viajeros a Tierra Santa mencionaron una «Vía Sacra», una ruta establecida para los peregrinos, aunque no hay evidencia directa de una forma fija de devoción en esa época3. La devoción a la Pasión de Cristo experimentó un nuevo impulso en la mística católica a partir del siglo XIII, lo que llevó a la adopción de nuevas prácticas de piedad por parte de los laicos en los siglos XIV y XV4. Fue en este período que la peregrinación espiritual a los Lugares Santos de Jerusalén se cristalizó en lo que hoy conocemos como el «Camino de la Cruz»4.
La forma actual del Viacrucis, con sus catorce estaciones, se atestigua desde la primera mitad del siglo XVII1,2. Fue difundida notablemente por San Leonardo de Porto Maurizio (†1751) y posteriormente aprobada por la Sede Apostólica y enriquecida con indulgencias1,2.

