San Pablo, originario de Tarso y formado como fariseo bajo Gamaliel, experimentó su conversión en el camino de Damasco alrededor del año 36 d. C., donde Cristo le reveló su misión universal: ser testigo ante todos los pueblos.1 Esta vocación apostólica, descrita como un llamado profético similar al de los profetas del Antiguo Testamento, lo impulsó a predicar el Evangelio a los gentiles, cumpliendo la promesa abrahámica de bendecir a todas las naciones.2 Desde Antioquía de Siria, base de su ministerio, Pablo se unió a Bernabé y fue enviado por el Espíritu Santo, marcando el inicio de sus periplos.3 Los comentarios de Santo Tomás de Aquino destacan cómo Pablo, pese a obstáculos divinos o diabólicos, perseveró en su intención de evangelizar, como en su deseo de visitar Roma.4
La Iglesia Católica reconoce estos viajes como modelo de misión universal, enfatizando la providencia divina que guiaba sus pasos, incluso cuando el Espíritu le impedía ciertos caminos.4 Papas como Benedicto XVI subrayan su dedicación incansable, enfrentando pruebas listadas en 2 Corintios 11.5
