Una característica fundamental de la vida activa es la necesidad de integrar la acción con la contemplación. No es saludable amar el silencio mientras se huye de la interacción con los demás, o buscar la oración despreciando el servicio. Todo puede ser aceptado e integrado en la vida de este mundo y convertirse en parte del camino hacia la santidad. Los católicos están llamados a ser contemplativos incluso en medio de la acción, y a crecer en santidad llevando a cabo su misión de manera responsable y generosa.
La Contemplación como Fundamento de la Acción
La actividad apostólica debe estar permeada por Dios y realizada con gran pureza de intenciones y un espíritu que irradie fraternidad y armonía. Para estar consagrados en el ámbito del trabajo diario, es necesario sentir la imperiosa necesidad de encontrar y amar a Dios en el propio obrar. No puede haber oposición entre el trabajo y la verdadera contemplación, lo que implica trabajar para Dios y con Dios, y encontrarlo en el trabajo. Esto, a su vez, requiere encontrar momentos particulares de intimidad irrenunciable con el Señor.
El Papa Benedicto XVI enfatizó que la actividad de ayuda al prójimo no debe ser condenada, pero es esencial que esté imbuida del espíritu de contemplación. La contemplación de Dios debe estar presente en todas nuestras actividades, evitando perderse en el puro activismo. Debemos permitir que la luz de la palabra de Dios penetre nuestras acciones, aprendiendo así la verdadera caridad y el verdadero servicio a los demás.
El Trabajo como Camino de Santidad
El trabajo ordinario tiene grandes valores personales y sociales, y es parte del camino hacia la santidad. No solo permite proveer para uno mismo y los seres queridos, sino que también une a los seres humanos en comunión y servicio mutuo, y permite participar en la obra de Dios de crear y perfeccionar el mundo. Se requiere competencia, honestidad y un verdadero espíritu cristiano en el trabajo.
La santidad se prueba en la vida de todos los días, en el trabajo en favor de los hermanos, como fruto de la unidad con Dios. Está vinculada a un amor activo y efectivo hacia la Iglesia de Cristo.