La vida consagrada es una vocación particular dentro de la Iglesia, arraigada en el bautismo pero no universal para todos los bautizados1. Es un don gratuito e inmerecido de Dios, ofrecido a aquellos que Él elige de su pueblo para el bien de su pueblo1. Aquellos que aceptan este llamado divino responden a una invitación a seguir a Cristo más de cerca, dedicando sus vidas enteras al servicio de Dios, buscando y amando por encima de todo a «Dios que nos amó primero»1.
Esta dedicación total a Dios constituye una consagración especial de la persona, que se manifiesta en la Iglesia como un «matrimonio efectuado por Dios, signo de la vida futura»2,1. A través de esta consagración, los fieles se comprometen a practicar la castidad en el celibato por el Reino de los Cielos, la pobreza y la obediencia, liberándose de los obstáculos que podrían desviar el fervor de la caridad y la perfección del culto divino3,4. De este modo, se unen de manera especial a la Iglesia y a su misterio5.
Los Consejos Evangélicos
Los consejos evangélicos —castidad, pobreza y obediencia— son el distintivo de la vida consagrada3,6. Cristo mismo los propone a cada discípulo, y para quienes siguen el llamado a la vida consagrada, su profesión pública dentro de un estado de vida permanente reconocido por la Iglesia caracteriza esta forma de existencia3,7.
Castidad consagrada: Implica vivir en celibato por el Reino de los Cielos, lo que significa una dedicación total a la castidad a través de un voto8. Este compromiso exige un estilo de vida que sea un testimonio creíble y convincente de la dedicación total, renunciando a comportamientos, relaciones personales y formas de recreación incompatibles con esta consagración8.
Pobreza: Los religiosos renuncian al uso y disposición libre de sus bienes, dependiendo de su instituto para la provisión de necesidades materiales y poniendo en común sus ingresos y salarios. Se comprometen a un estilo de vida sencillo y a contribuir a él8. La pobreza religiosa es un testimonio elocuente contra el consumismo del mundo actual8.
Obediencia: Implica la promesa de obedecer las directrices de los superiores legítimos de acuerdo con las constituciones del instituto, y en virtud del voto de obediencia, también una obediencia particular al Santo Padre8. Esta obediencia refleja la obediencia de Jesús al Padre, quien «se despojó de sí mismo… haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil 2,7-8)9.
La profesión de estos consejos, ya sea mediante votos perpetuos o temporales (renovables), incorpora a los religiosos en su instituto con los derechos y deberes definidos por la ley1.
