La vida contemplativa se caracteriza por varios elementos clave que facilitan la búsqueda de Dios y la unión con Él.
La Búsqueda de Dios y la Oración Asidua
El propósito central de la vida contemplativa es la búsqueda incesante de Dios. Esto se logra a través de una oración asidua, que es la expresión del amor a Dios y a los hombres. La oración contemplativa es un acto del corazón que fija la mirada en Jesús con fe, meditando silenciosamente su palabra y sus misterios salvíficos. Como dijo un campesino de Ars al Santo Cura de Ars, «Yo lo miro y Él me mira a mí». Esta mirada amorosa purifica el corazón y permite ver la realidad desde la perspectiva de Cristo.
El Silencio y la Soledad
El silencio es el elemento propio del alma contemplativa, ya que conversar con Dios y con los hombres al mismo tiempo es difícil. La soledad, ya sea en el claustro o en la celda eremítica, es el hogar del silencio y su salvaguardia más segura. Este retiro del tumulto y la confusión humana es crucial para invocar a Dios con un corazón puro e indiviso,. San Agustín, Guigo I y San Basilio han enfatizado la importancia de la tranquilidad y la serenidad para que el alma, como un manantial puro, no sea perturbada por palabras o imágenes externas, sino que contemple la belleza del Esposo.
Santo Tomás de Aquino, un gran maestro de la vida contemplativa, consideraba el silencio de la recogida como una disposición fundamental para la oración. Para él, la oración es una «ascensión de la mente hacia Dios» que requiere una cierta libertad de la agitación interior y exterior. Citando el Salmo 45:10, «Estad quietos y sabed que yo soy Dios», Tomás subraya la paz que conduce a la contemplación. Las peticiones silenciosas son incluso más eficaces, pues «en el silencio y la esperanza estará vuestra fuerza» (Is 30:15).
La Austeridad y los Votos
La vida religiosa contemplativa es esencialmente una vida de abnegación y sacrificio. Las reglas de las órdenes contemplativas están diseñadas para mortificar los instintos egoístas a través de vigilias, ayunos, austeridad en la comida y el vestido, y a menudo el trabajo manual. Estos medios ayudan a la carne a someterse y permiten que el alma se eleve sin obstáculos al pensamiento y al amor de Dios.
Los votos de pobreza, castidad y obediencia son barreras fundamentales contra los males del mundo.
La pobreza libera de las preocupaciones inherentes a la posesión de bienes temporales y de la codicia insaciable.
La castidad libera de las ataduras de la vida matrimonial, con sus preocupaciones que «dividen» el corazón y la mente, y confieren la limpieza de corazón necesaria para ver a Dios (Mt 5:8).
La obediencia libera de la ansiedad de tener que determinar el curso a seguir en las circunstancias cambiantes de la vida.
La estabilidad, que el voto confiere al propósito del contemplativo, al establecerlo en un estado fijo con deberes y obligaciones, es también una ventaja inestimable, ya que lo salva de la inconsistencia natural.
La Contemplación como Don de Gracia
La dimensión contemplativa es fundamentalmente una realidad de gracia, experimentada por el creyente como un don de Dios. Permite a las personas conocer al Padre en el misterio de la comunión trinitaria y entrar en las profundidades de Dios (1 Cor 2:10). No se trata solo de un método, sino de una respuesta teologal de fe, esperanza y caridad, por la cual el creyente se abre a la revelación y comunicación del Dios vivo a través de Cristo en el Espíritu Santo.
El Catecismo de la Iglesia Católica describe la oración contemplativa como una mirada sencilla a Dios en silencio y amor, un don de Dios y un momento de fe pura en el que el orante busca a Cristo, se entrega a la voluntad amorosa del Padre y se coloca bajo la acción del Espíritu Santo. Santa Teresa de Ávila la define como un compartir íntimo de amistad, «en el que con frecuencia se toma tiempo para estar a solas con Dios a quien sabemos que nos ama».