Creación a imagen de Dios
La doctrina católica afirma que el ser humano es una realidad compuesta de alma espiritual y cuerpo, creada por Dios y portadora de una dignidad singular. En el Catecismo se enseña que el hombre, «creado a imagen de Dios», posee una condición a la vez corpórea y espiritual, y que «todo el hombre, en su totalidad, es querido por Dios».1
Esa dignidad se vincula directamente con el sentido de la vida humana: el Catecismo precisa que el hombre participa del don de la vida y de su orientación hacia su plenitud, y que la libertad pertenece también al reflejo de esa imagen divina.2
Destino eterno y vida moral
La dignidad de la persona no es meramente biológica: se fundamenta en que el ser humano está llamado a la bienaventuranza. El Catecismo explica que, desde su creación, el hombre «está ordenado a Dios» y «destinado a la bienaventuranza eterna», y que alcanza su perfección buscando y amando lo verdadero y lo bueno.2
Además, la vida humana incluye una dimensión moral: la persona está llamada a obrar conforme a la ley moral que se hace oír en la conciencia. El Catecismo afirma que el ser humano reconoce la llamada de Dios a «hacer el bien y evitar el mal» y que esta ley se cumple en el amor de Dios y del prójimo.2
Unidad de la persona y dignidad igual
La Iglesia subraya también la igual dignidad de todos los seres humanos: creados con una naturaleza común, con el mismo origen, y llamados a participar de la misma bienaventuranza.3
Esta visión sostiene la idea de que la vida no debe tratarse como un «bien utilitario», sino como un bien personal: la vida es el ámbito concreto donde se juega la relación del ser humano con Dios, y donde se expresa su vocación.
