El término «vientre de alquiler» describe, de forma coloquial, la práctica por la que una mujer (madre gestante) acepta gestar un hijo con la finalidad de que el niño sea entregado a quienes han realizado el encargo. En la práctica puede variar la técnica empleada (por ejemplo, el origen biológico del embrión), pero lo decisivo, desde la evaluación ética católica, no es únicamente el «modo técnico», sino el sentido humano que se atribuye al embarazo: si se entiende como objeto de contrato y como un servicio negociable, o si se respeta como un proceso inseparable de la dignidad personal y del entramado relacional propio de la familia.3,2
Desde esta perspectiva, el núcleo del juicio moral se expresa con claridad: la Iglesia no admite la participación en arreglos de maternidad subrogada, por la dignidad del niño y del matrimonio y por la unicidad de la relación madre-hijo.1
Gestación por encargo y mercantilización
Una característica especialmente grave, tal como se subraya en documentos recientes, es la transformación de la gestación en un servicio negociable. En esa lógica, el niño puede quedar reducido a «producto», y la madre gestante puede ser tratada como alguien cuyo cuerpo se explota, alterando además el llamado relacional original de la familia.3
