Contexto bíblico
El relato evangélico sitúa a María y al niño Jesús en una caverna o establo de Belén, donde nacen sin lujos ni honores terrenales1. La propia Virgen aparece en la escena del Primer Nacimiento como la madre que entrega al Redentor al mundo y, al mismo tiempo, como la testigo silenciosa de la promesa cumplida (cf. Lucas 2, 6‑7)2.
Desarrollo de la devoción
Desde los primeros siglos, la Iglesia ha resaltado la figura de María en el misterio de la Encarnación, considerándola la «Madre de Dios» y la «primera discípula» que acepta la voluntad divina (cf. Lumen Gentium § 61‑62)3,4. La celebración de la Navidad, con su énfasis en el Natividad, incluye la veneración de la Virgen como parte esencial del misterio, lo que ha inspirado numerosas expresiones de piedad popular vinculadas a Belén5.

