Una talla románica de gran densidad simbólica
La imagen de la Virgen de Estíbaliz responde a un lenguaje artístico característico del románico. El análisis de sus materiales y rasgos formales permite situarla como una obra tallada en cedro, de unos 0,64 metros, con una factura rústica que delata la mano de un artista popular.
El estudio iconográfico remite a una cronología de finales del siglo XII, con afinidades con otras representaciones marianas de ese mismo mundo artístico, como la Virgen de Ujué.
«Ennegrecida adrede» y vestida para el culto
La imagen presenta un detalle llamativo: el material aparece ennegrecido adrede, mientras una capa de significado devocional cubre el conjunto.
La Virgen porta un manto regio, restaurado en el siglo XIII, rasgo que refuerza la realeza espiritual que el arte medieval atribuye a María en cuanto Madre del Señor y figura contemplada por el pueblo.
Además, la talla aparece sentada en un taburete sencillo, y el conjunto se organiza con frontalidad, hieratismo y realeza, cualidades que orientan la contemplación y sostienen la densidad del culto.
Vestiduras, velo y el camerín
La recepción cultual de la imagen explica buena parte de su aspecto histórico: el pueblo la veneró siempre envuelta en ricas vestiduras, y esa forma de presentación favoreció una relación viva entre la imagen y la oración. El relato de la tradición cultual incluye un tiempo largo de ocultamiento tras un velo, cuando una imagen preparada para el culto sustituyó el acceso directo a la talla original.
Hoy, las vestiduras mantienen un papel decisivo por el estado del soporte: el mal estado de conservación del material lígneo hace que esas ropas resulten imprescindibles para preservar la obra.
La devoción culmina en el espacio del camerín, un ámbito reservado donde los peregrinos suben para contemplar más de cerca la mirada de María. La descripción del lugar insiste en que las vestiduras actuales funcionan como un adorno especial, integrado en la experiencia espiritual del santuario.