Acto pontificio y culminación de una devoción
La devoción culmina con un gesto litúrgico y eclesial de gran fuerza simbólica: la coronación de la imagen de Nuestra Señora de los Milagros. Juan Pablo II celebra este acto en el monasterio de La Rábida, en el marco del lenguaje de la coronación como signo de amor, fe y ofrenda eclesial. En su discurso, el papa llega a saludar explícitamente a la Virgen con una oración («Dios te salve, Madre y Señora Nuestra de los Milagros, Santa María de la Rábida») y expresa el sentido de la corona como respuesta filial.,
El texto pontificio que perpetúa la memoria de la coronación afirma que el papa, acogiendo las súplicas enviadas por la diócesis, redime la imagen con una «diadema preciosa» en la fecha indicada, y ordena que el acontecimiento permanezca vivo en la memoria de los fieles. Este acto no funciona como espectáculo, sino como confirmación eclesial del culto y como modo de intensificar la adhesión del pueblo a María y a Cristo.
María como Madre del Señor y Reina que conduce a Cristo
Juan Pablo II presenta a la Virgen en clave cristológica: María es Madre del Señor y también Estrella y Reina que guía a Jesús, Luz del mundo. El papa emplea una imaginería propia de la fe católica: María sostiene a los marineros, acompaña las faenas de la tierra y aparece como intercesora en la angustia y en la alegría.
Esta orientación cristocéntrica marca una diferencia decisiva frente a cualquier desviación supersticiosa. La coronación no pretende desplazar a Cristo, sino subrayar que el culto mariano auténtico conduce a la adoración del Hijo. En su oración final, Juan Pablo II pide explícitamente a la Virgen que muestre a Jesús, fruto bendito de su vientre, y que ruegue por los fieles para alcanzar las promesas del Señor.