La peregrinación de Pentecostés
La principal manifestación anual de la devoción es la peregrinación de Pentecostés. Las hermandades emprenden el camino hacia El Rocío desde sus lugares de origen y llegan al santuario acompañadas por sus estandartes, carretas, caballos y grupos de peregrinos.
La peregrinación combina oración, penitencia, convivencia y celebración. Su carácter festivo no elimina la dimensión religiosa, pero tampoco puede reducirse a una ceremonia litúrgica convencional. En ella confluyen la participación sacramental, la música, la indumentaria, la gastronomía, la amistad y la identidad colectiva.
Juan Pablo II reconoció el valor religioso de esta experiencia, pero también advirtió la necesidad de purificar todo aquello que pueda oscurecer sus raíces cristianas. Para el papa, la devoción rociera debía conservar la fe en Dios, el reconocimiento de Jesucristo como Salvador, el amor a la Virgen y la fraternidad cristiana.
Hermandades y confraternidades
Las hermandades constituyen la principal estructura organizada de la devoción rociera. Cada una reúne a fieles vinculados por un origen territorial, una tradición común o una relación histórica con el santuario. Durante la peregrinación, la hermandad actúa como comunidad religiosa, grupo de ayuda mutua y espacio de transmisión cultural.
La actividad de las hermandades incluye la preparación de los caminos, la organización de cultos, la formación de los miembros, la atención a los peregrinos y la participación en los actos del santuario. Su identidad se expresa mediante el estandarte, las medallas, los colores propios y las formas particulares de peregrinar.
La hermandad no sustituye a la Iglesia ni a la autoridad pastoral. Su función pertenece al ámbito del laicado asociado y debe integrarse en la vida litúrgica y evangelizadora de la diócesis. Juan Pablo II animó a los miembros de las confraternidades a dar testimonio de los valores cristianos en la sociedad andaluza y española.
Religiosidad popular
La devoción a la Virgen del Rocío pertenece a la religiosidad popular, es decir, al conjunto de expresiones de fe, oración, costumbres y símbolos mediante los cuales una comunidad cristiana vive su relación con Dios fuera de las formas estrictamente litúrgicas, aunque en conexión con ellas.
Esta religiosidad integra tradiciones históricas, elementos festivos, belleza natural, música, indumentaria y relaciones de amistad. Juan Pablo II la describió como una realidad religiosa y sociocultural compleja, en la que aparecen sentimientos de fraternidad, igualdad y alegría compartida.
La Iglesia valora estas expresiones cuando conducen a Cristo, fortalecen la vida sacramental, fomentan la caridad y ayudan a vivir el Evangelio. La devoción pierde su orientación cristiana cuando queda reducida a folclore, identidad social o entretenimiento, sin oración, conversión y compromiso con los demás.