Las cuatro virtudes cardinales son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Cada una de ellas perfecciona una facultad específica del alma humana,.
1. Prudencia
La prudencia es la virtud que inclina el intelecto a elegir lo más adecuado para alcanzar el fin último del hombre. San Tomás de Aquino la describe como la «recta razón en la acción». Es la capacidad de discernir el verdadero bien en cada circunstancia y de elegir los medios correctos para alcanzarlo. La prudencia gobierna el intelecto, regulando pensamientos, motivos, afectos y sentimientos. Nos hace considerados y cautelosos en todo, para no engañarnos a nosotros mismos ni a los demás.
En un sentido más profundo, la prudencia no solo se refiere a la sagacidad terrenal, sino que, en el contexto de la virtud heroica, puede coincidir con el «don de consejo», una percepción clara y divinamente asistida de la conducta correcta e incorrecta.
2. Justicia
La justicia es la virtud moral que perfecciona la voluntad e inclina a dar a cada uno lo que le corresponde. Regula las relaciones del hombre con Dios y con sus semejantes. Mientras que la caridad nos impulsa a ayudar al prójimo por necesidad, la justicia nos enseña a dar a otro lo que le pertenece por derecho. La justicia, en un sentido estricto, aplica a la virtud moral que inclina la voluntad a dar a los demás lo que es estrictamente debido.
Entre las virtudes anexas a la justicia se encuentran: la religión, que regula las relaciones del hombre con Dios, disponiéndolo a rendir el culto debido a su Creador; la piedad, que dispone al cumplimiento de los deberes para con los padres y la patria; la gratitud; la liberalidad; y la afabilidad. La justicia heroica se manifiesta en actos como el sacrificio de Jesús para dar a Dios lo que le es debido, o la disposición de Abraham a sacrificar a su hijo por obediencia a la voluntad divina.
3. Fortaleza
La fortaleza es la virtud moral que asegura la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien, incluso ante las dificultades. Nos capacita para superar el miedo, resistir las tentaciones y afrontar las pruebas. La fortaleza infunde la capacidad de no temer ningún peligro, ni siquiera la muerte, por el servicio de Dios. Su fuerza reside en la desconfianza en uno mismo y la confianza en Dios.
Esta virtud es esencial para el camino hacia la plenitud de la vida, ya que nos da la fuerza para superar los obstáculos. Virtudes como la magnanimidad, la munificencia, la paciencia y la constancia están estrechamente ligadas a la fortaleza, ayudando al hombre en tareas arduas y sosteniéndolo en el sufrimiento. La fortaleza alcanza su punto álgido cuando supera obstáculos que para la virtud ordinaria serían insuperables, siendo el elemento heroico en la práctica de la virtud.
4. Templanza
La templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Regula los placeres de los sentidos, especialmente los del paladar y la carne. Nos ayuda a refrenar nuestros deseos desordenados y a mantener la moderación necesaria para no ser abrumados por los excesos.
Las especies subordinadas de la templanza incluyen la abstinencia, que modera el uso de los alimentos; la sobriedad, que inclina a la moderación en el uso de bebidas alcohólicas; y la castidad, que regula el apetito en relación con los placeres sexuales. La modestia también se reduce a la castidad. San José y San Juan Bautista son ejemplos de templanza heroica.