Las cuatro virtudes cardinales son prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Reciben el nombre de cardinales porque actúan como goznes o ejes de la vida moral. No forman un grupo aislado de toda virtud, sino una estructura fundamental que organiza numerosas virtudes particulares.
Prudencia
La prudencia perfecciona la razón práctica para discernir el bien posible en una situación concreta y elegir los medios adecuados para realizarlo. No consiste en timidez, cautela excesiva ni cálculo egoísta.
La persona prudente considera los principios morales, las circunstancias, las consecuencias previsibles y las responsabilidades concretas. Después formula un juicio recto y ordena la acción. La prudencia no decide cuál es el fin último de la vida moral; dispone correctamente los medios para alcanzar los fines buenos.
Entre sus actos destacan:
- Deliberar sobre las posibilidades.
- Juzgar qué conviene hacer.
- Mandar la acción recta.
- Aprender de la experiencia.
- Pedir consejo cuando resulta necesario.
La prudencia necesita las demás virtudes. Una inteligencia hábil al servicio de un deseo desordenado puede convertirse en astucia, no en verdadera prudencia.
Justicia
La justicia inclina a dar a Dios y al prójimo lo que les corresponde. Comprende el culto debido a Dios, el respeto de los derechos humanos, la fidelidad a las promesas y el cumplimiento de las obligaciones.
La justicia regula las relaciones personales, familiares, sociales y políticas. Incluye virtudes vinculadas como la religión, la piedad, la gratitud, la veracidad, la fidelidad, la restitución y la solidaridad.
La justicia cristiana no se opone a la caridad. La caridad lleva la justicia a su plenitud al reconocer que toda persona posee una dignidad recibida de Dios.
Fortaleza
La fortaleza sostiene la voluntad ante el miedo, el sufrimiento, la oposición y el cansancio. Permite afrontar los peligros y perseverar en el bien cuando hacerlo resulta difícil.
La fortaleza comprende dos actos principales:
- Afrontar los obstáculos con firmeza.
- Resistir el mal sin abandonar el bien.
El martirio representa una expresión eminente de fortaleza, pero la virtud también aparece en la fidelidad cotidiana, en la defensa de la verdad, en la paciencia ante la enfermedad y en la perseverancia frente a la injusticia.
Templanza
La templanza modera la atracción hacia los placeres y mantiene los deseos dentro del orden de la razón y de la ley de Dios. No desprecia el cuerpo, la materia ni los bienes creados; los integra en una vida ordenada.
De la templanza dependen virtudes como la sobriedad, la castidad, la mansedumbre, la humildad, la clemencia y la moderación en el uso de los bienes. La templanza protege la libertad frente a la esclavitud de los impulsos.