La visión beatífica es el conocimiento directo e inmediato de la esencia divina1,2. Este conocimiento no se logra a través de ninguna criatura intermediaria o similitud creada, sino que la esencia divina se manifiesta a las almas de manera clara y abierta2,3. La mente humana, por su naturaleza, no puede ver a Dios tal como es a menos que Él mismo revele su misterio y le otorgue la capacidad para ello4.
Para que el intelecto creado pueda ver la esencia de Dios, se requiere una disposición sobrenatural, una «luz de gloria», que eleva el intelecto por encima de sus capacidades naturales5. Esta luz fortalece el intelecto para contemplar a Dios, haciendo que las almas sean «deiformes» o semejantes a Dios, como se dice en 1 Juan 3:2: «Cuando Él aparezca, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como es»5.
La visión de Dios es la fuente de la verdadera felicidad y el descanso eterno para las almas3. En esta visión, las almas no solo ven a Dios, sino que también disfrutan de la misma esencia divina3. Santo Tomás de Aquino explica que esta visión nos asimila singularmente a Dios y nos hace partícipes de su propia felicidad, ya que la felicidad de Dios consiste en entender su propia sustancia de manera esencial6.
