Relato de la visión
Daniel contempla durante la noche los cuatro vientos del cielo agitando el gran mar. Del mar surgen cuatro bestias diferentes entre sí. La escena posee un fuerte valor simbólico: el mar representa el ámbito turbulento de las fuerzas históricas y políticas, mientras que las bestias personifican reinos que ejercen el poder con violencia y arrogancia.
La primera bestia posee aspecto de león con alas de águila. Sus alas son arrancadas; después recibe forma humana y un corazón humano. La segunda se parece a un oso, levantado sobre un costado, con tres colmillos o costillas entre los dientes y la orden de devorar mucha carne. La tercera tiene aspecto de leopardo, cuatro alas y cuatro cabezas. La cuarta resulta aterradora, extraordinariamente fuerte, con dientes de hierro y diez cuernos. Entre estos cuernos aparece un cuerno pequeño, que derriba a tres de los anteriores, posee ojos humanos y pronuncia palabras arrogantes.
La visión cambia entonces de escenario. Daniel contempla el trono del Anciano, vestido de blanco y rodeado de fuego. Una corte celestial abre los libros y pronuncia juicio contra la bestia arrogante. A continuación aparece «uno semejante a un hijo de hombre» que viene sobre las nubes del cielo. El Anciano le concede dominio, gloria y realeza sobre todos los pueblos, naciones y lenguas. Su dominio es eterno y su reino no será destruido.
Interpretación ofrecida en el propio libro
El mismo capítulo proporciona una clave esencial para la interpretación: las cuatro bestias representan cuatro reyes o reinos que surgirán de la tierra. Frente a ellos, los santos del Altísimo recibirán el Reino y lo poseerán para siempre.
El relato no presenta a los imperios como realidades meramente administrativas. Las bestias expresan una forma de poder político que abandona la razón, la justicia y el servicio al bien común. El dominio humano, cuando pretende ocupar el lugar de Dios, adquiere rasgos bestiales: devora, destruye, oprime y blasfema. El contraste con el Hijo del hombre resulta deliberado. Los reinos terrestres aparecen como animales violentos; el soberano escatológico recibe una figura humana y ejerce un poder universal conforme al designio de Dios.
Identificación tradicional de los cuatro reinos
La tradición cristiana vinculó las cuatro bestias con una sucesión de grandes imperios. Cirilo de Jerusalén transmitió la interpretación eclesial antigua que identificaba el primer reino con los asirios, el segundo con los medos y persas, el tercero con los macedonios y el cuarto con los romanos.
Esta lectura corresponde a una interpretación histórica de la sucesión de poderes que dominaron el mundo bíblico:
- La primera bestia, semejante a un león alado, suele relacionarse con Babilonia.
- La segunda bestia, parecida a un oso, suele vincularse con el imperio medo-persa.
- La tercera bestia, semejante a un leopardo con cuatro cabezas y cuatro alas, suele asociarse con el imperio griego y su posterior división.
- La cuarta bestia, más terrible que las anteriores, suele identificarse con Roma en la tradición cristiana antigua.
Aphraates interpretó expresamente el gran mar como una imagen del mundo y las cuatro bestias como cuatro reinos.
La identificación de los reinos no debe convertirse en una clave rígida para atribuir cada detalle a una figura política contemporánea. El simbolismo de Daniel posee una amplitud teológica mayor: muestra la fragilidad de los imperios, el carácter pasajero de la dominación humana y la soberanía definitiva de Dios.
El cuarto reino y el cuerno pequeño
La cuarta bestia concentra la violencia de los poderes terrenos. Sus dientes de hierro evocan una fuerza destructora y sus diez cuernos representan, dentro de la visión, una pluralidad de reyes. El cuerno pequeño surge posteriormente, elimina a tres cuernos y habla con arrogancia contra el Altísimo. La explicación del capítulo lo presenta como un poder que persigue a los santos y pretende alterar los tiempos y la Ley. La sentencia divina limita su dominio y entrega el Reino a los santos.
La tradición cristiana relacionó este cuerno con el perseguidor final y con la figura del Anticristo. Cirilo de Jerusalén lo interpretó como un rey posterior a los diez, extraordinariamente impío, que usurpa el poder, subyuga a tres reyes y pronuncia palabras contra el Altísimo.
Esta interpretación posee una dimensión histórica y otra escatológica. En el plano histórico, el símbolo puede reflejar la persecución de los fieles por gobernantes concretos. En el plano escatológico, anticipa la oposición última contra Dios y contra su pueblo. La Iglesia no autoriza a identificar sin fundamento al Anticristo con un personaje político determinado. La visión llama a la perseverancia, no a la especulación sensacionalista.