Los Magos llegan desde Oriente
Mateo sitúa la visita después del nacimiento de Jesús en Belén de Judea, durante el reinado de Herodes. El evangelista llama a los visitantes magoi, término griego que puede designar a sabios, astrólogos o miembros de una clase sacerdotal oriental. El relato no proporciona sus nombres, su número exacto ni el país concreto del que procedían.1,3
Los Magos llegan a Jerusalén preguntando por el niño que ha nacido como «rey de los judíos». La estrella que han visto al salir les ha impulsado a emprender el viaje y a rendir homenaje al recién nacido. Su búsqueda combina la observación de un signo celeste con el deseo de encontrar a la persona que aquel signo anuncia.1,4
La reacción de Herodes
El rey Herodes recibe la noticia con inquietud. Convoca a los sumos sacerdotes y a los escribas para averiguar dónde debía nacer el Mesías. Los especialistas en las Escrituras responden que el nacimiento ocurrirá en Belén de Judea, de acuerdo con la profecía que presenta aquella ciudad como el lugar de origen del pastor de Israel.1
Herodes llama después a los Magos en secreto y les pregunta cuándo apareció la estrella. Luego los envía a Belén con la orden de localizar al niño y comunicarle el resultado, fingiendo que también desea rendirle homenaje. El contraste entre la actitud de Herodes y la de los visitantes orientales estructura el episodio: los extranjeros buscan al Mesías para adorarlo, mientras el monarca teme perder su poder.1
La adoración en Belén
Los Magos reanudan el camino y vuelven a encontrar la estrella, que los conduce hasta el lugar donde está Jesús. Mateo describe la escena con sobriedad: los visitantes entran en la casa, ven al niño con María, su madre, se postran y lo adoran.
El gesto de postrarse expresa mucho más que respeto hacia un soberano humano. La tradición cristiana ha reconocido en esa adoración una confesión de la dignidad divina de Cristo. Juan Pablo II relacionó la postración de los Magos con el núcleo del encuentro entre Dios y el ser humano: venerar, adorar y abrirse al don de Dios.5
El oro, el incienso y la mirra
Los Magos abren sus cofres y ofrecen a Jesús oro, incienso y mirra. Mateo menciona los regalos sin explicar expresamente su significado simbólico. La interpretación cristiana posterior relacionó tradicionalmente el oro con la realeza, el incienso con la divinidad y la mirra con el sufrimiento y la muerte.
Además del valor material de las ofrendas, el gesto posee una dimensión espiritual. Los visitantes no entregan solo objetos valiosos: ofrecen su homenaje y se entregan interiormente a Aquel que han venido a buscar. Juan Pablo II describió el oro, el incienso y la mirra como expresión exterior del verdadero tesoro, que consiste en abrir el corazón al Dios encarnado.5
El regreso por otro camino
Dios advierte a los Magos en sueños para que no regresen junto a Herodes. Ellos vuelven a su país por otro camino. El detalle cumple una función narrativa y espiritual: los visitantes han encontrado a Cristo y ya no regresan al poder hostil que pretendía utilizarles.
Después de su partida, un ángel comunica a José que debe huir a Egipto con Jesús y María. Herodes ordena matar a los niños de Belén y de sus alrededores que tienen dos años o menos, calculando la edad del niño a partir de la información obtenida de los Magos. El episodio continúa con la huida a Egipto y el regreso posterior de la Sagrada Familia a Nazaret.1




