La encíclica Vix pervenit surge en un momento de intensas disputas teológicas y canónicas sobre la usura, particularmente en Italia durante el siglo XVIII. En las décadas previas, se había producido una reacción rigorista contra las tendencias liberales que, desde finales del siglo XVI, cuestionaban las condenas papales anteriores a prácticas comerciales modernas consideradas usureras.1 Figuras como el teólogo Pietro Ballerini lideraron esta reacción, oponiéndose a interpretaciones que relativizaban la prohibición clásica de la usura, mientras que pensadores como Scipio Maffei, amigo personal de Benedicto XIV, defendían posiciones más permisivas.1
Benedicto XIV, consciente de las confusiones en la práctica pastoral, interviene para clarificar la doctrina. La encíclica se dirige específicamente a los obispos italianos, donde las controversias habían generado divisiones entre confesores y laici, especialmente en torno a préstamos a empresarios con fines de lucro.2 Este documento no resuelve todas las disputas sobre contratos específicos —dejando abiertas ciertas cuestiones por falta de consenso entre teólogos—, pero reafirma con vigor la enseñanza bimilenaria de la Iglesia contra la usura.1
