La vocación religiosa es un don gratuito e inmerecido de Dios, que Él ofrece a quienes elige libremente de entre su pueblo para el bien de todo el Cuerpo de Cristo1. No es universal para todos los bautizados, sino una llamada particular que profundiza la consagración ya recibida en el Bautismo2,3. Al aceptar esta llamada, los religiosos responden a una invitación divina a morir al pecado, renunciar al mundo y vivir solo para Dios, dedicando sus vidas enteras a su servicio y buscando amar a Dios por encima de todo, quien los amó primero1. El objetivo central de sus vidas es un seguimiento más cercano de Cristo1,4.
Esta dedicación de toda la vida a Dios constituye una consagración especial de la persona entera, que en la Iglesia manifiesta un «matrimonio efectuado por Dios» y un signo de la vida futura1. La consagración se realiza mediante votos públicos, ya sean perpetuos o temporales renovables1. A través de estos votos, los religiosos asumen la observancia de los tres consejos evangélicos, son consagrados a Dios por el ministerio de la Iglesia, y se incorporan a su instituto con los derechos y deberes definidos por la ley1.
